LA PLENITUD DE LA EXPIACIÓN

LA EXPIACIÓN

¿ERA NECESARIO QUE CRISTO MURIERA? ¿GANÓ TODA LA VIDA TERRENAL DE CRISTO ALGÚN BENEFICIO REDENTOR PARA NOSOTROS? LA CAUSA Y NATURALEZA DE LA EXPIACIÓN. ¿DESCENDIÓ CRISTO AL INFIERNO?
EXPLICACIÓN Y BASES BÍBLICAS
Podemos definir la expiación de la siguiente manera: La expiación es la obra que Cristo hizo en su vida y muerte para ganar nuestra salvación. Esta definición indica que estamos usando la palabra expiación en un sentido más amplio del que se usa en ocasiones.
A veces se usa para referirse solo a la muerte de Cristo en la cruz y al pago que hizo por nuestros pecados. Pero, como veremos abajo, puesto que los beneficios de la salvación también vienen de la vida de Cristo, tenemos que incluir eso también en nuestra definición.!

A. LA CAUSA DE LA EXPIACIÓN

¿Cuál fue la causa última que llevó a Cristo a venir a la tierra y morir por nuestros pecados? Para encontrar la respuesta debemos remontamos hasta algo que hay en el carácter de Dios mismo. Y aquí las Escrituras apuntan a dos cosas: El amor y la justicia de Dios.
El amor de Dios como una causa para la expiación la vemos en el pasaje más conocido de la Biblia: «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Jn 3: 16).
Pero la justicia de Dios también requería que encontrara una forma de que se pagara el castigo que nosotros debíamos por nuestros pecados (porque no podía aceptamos para tener comunión con él si no se pagaba ese castigo).
Pablo explica que esta era la razón por la que Dios envió a Cristo para ser nuestra «propiciación» (Ro 3: 25; esto es, un sacrificio que carga con la ira de Dios a fin de que Dios sea «propicio» o esté favorablemente dispuesto hacia nosotros): «Dios lo ofreció como un sacrificio de expiación para así demostrar su justicia. Anteriormente, en su paciencia, Dios había pasado por alto los pecados; pero en el tiempo presente ha ofrecido a Jesucristo para manifestar su justicia» (Ro 3: 25).
Pablo está aquí diciendo que Dios había estado perdonando pecados en el Antiguo Testamento pero no se había pagado el castigo, hecho que haría a las personas pensar si Dios era de verdad justo y preguntarse cómo podía perdonar pecados sin castigarlo.
Ningún Dios que de verdad fuera justo podía hacer eso, ¿no es cierto? Con todo, cuando Dios envió a Cristo para morir y pagar el castigo por nuestros pecados, lo hizo «para manifestar su justicia. De este modo Dios es justo y, a la vez, el que justifica a los que tienen fe en Jesús» (Ro 3: 26).
NOTA: Por supuesto, hay también beneficios de salvación que nos vienen de la resurrección y ascensión de Cristo, de su constante obra sacerdotal de intercesión por nosotros, y de su segunda venida. Estos los estudiaremos como temas separados en los subsiguientes capítulos de este libro.
Por amor de la claridad, he incluido aquí bajo el título la «expiación» solo las cosas que Cristo hizo por nuestra salvación durante su vida terrenal y su muerte.
POR CONSIGUIENTE, EL AMOR Y LA JUSTICIA DE DIOS FUERON LA SUPREMA CAUSA DE LA EXPIACIÓN.
Sin embargo, de nada sirve andar preguntando cuál es más importante, porque sin el amor, Dios nunca hubiera dado ningún paso para redimimos, pero sin la justicia de Dios, el requerimiento específico de que Cristo ganara nuestra salvación al morir por nuestros pecados no se habría satisfecho. El amor y la justicia de Dios eran igualmente importantes.

B. LA NECESIDAD DE LA EXPIACIÓN

¿Había alguna otra manera de que Dios salvara a los seres humanos sin tener que enviar a su Hijo a morir en nuestro lugar?
Antes de responder a esa pregunta, es importante que nos demos cuenta de que no era necesario en absoluto que Dios salvara a los seres humanos. Cuando vemos que «Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los arrojó al abismo, metiéndolos en tenebrosas cavernas y reservándolos para el juicio» (2ª P 2: 4), nos damos cuenta que Dios podía haber elegido con perfecta justicia habernos dejado en nuestros pecados en espera del juicio: podía haber decidido no salvar a nadie, como hizo con los ángeles que pecaron. Así que, en este sentido, la expiación no era una absoluta necesidad.
Pero una vez que Dios, en su amor, decidió salvar a los seres humanos, varios pasajes en las Escrituras indican que no había otra manera en que Dios podía llevarlo a cabo sino por medio de la muerte de su Hijo. Por tanto, la expiación no era una absoluta necesidad, pero, como una «consecuencia» de la decisión de Dios de salvar a los seres humanos, la expiación era una absoluta necesidad.
A este concepto es a lo que a veces se le llama «consecuencia de absoluta necesidad» de la expiación.
En el huerto de Getsemaní Jesús oró: «Padre mío, si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mt 26: 39). Podemos estar seguros de que Jesús siempre oró conforme a la voluntad del Padre, y que siempre lo hizo con plenitud de fe. Parece que esta oración, que Mateo tuvo tanto interés en dárnosla a conocer, muestra que a Jesús no le era posible evitar la muerte en la cruz que muy pronto tendría que enfrentar (la copa) del sufrimiento que él había dicho que le correspondía).
Si iba a llevar a cabo la tarea para la que el Padre le había enviado, y si Dios iba a redimir a las personas, era necesario que Jesús muriera en la cruz.
Jesús dijo algo similar después de su resurrección, cuando conversaba con dos discípulos en el camino a Emaús. Ellos estaban diciendo que Jesús había muerto, pero la respuesta de este fue: (Qué torpes son ustedes, y qué tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas! ¿Acaso no tenía que sufrir el Cristo estas cosas antes de entrar en su gloria?) (Lc 24: 25-26). Jesús comprendió que el plan de Dios para la redención (que él explicó a los discípulos basado en muchos pasajes del Antiguo Testamento, Lc 24: 27) requería que fuera necesario que el Mesías muriera por los pecados de las personas.
Como vimos arriba, Pablo en Romanos 3 también muestra que si Dios iba a ser justo, y con todo salvar a las personas, tenía que enviar a Cristo para que pagara el castigo de los pecados: «Pero en el tiempo presente ha ofrecido a Jesucristo para manifestar su justicia. De este modo Dios es justo y, a la vez, el que justifica a los que tienen fe en Jesús» (Ro 3: 26).
La epístola a los Hebreos hace hincapié en que Cristo tenía que sufrir por nuestros pecados: «Por eso era preciso que en todo se asemejara a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote fiel y misericordioso al servicio de Dios, a fin de expiar [lit. hacer propiciación] los pecados del pueblo» (He 2:17).
El autor de Hebreos también argumenta que puesto que «es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados» (He 10: 4), era necesario un mejor sacrificio (He 9: 23). Sólo la sangre de Cristo, esto es, su muerte, podría borrar de verdad los pecados (He 9: 25-26). No había otra forma de que Dios nos salvara que mediante la muerte de Cristo en nuestro lugar.

C. LA NATURALEZA DE LA EXPIACIÓN

En esta sección consideraremos dos aspectos de la obra de Cristo:
(1) La obediencia de Cristo por nosotros, mediante la cual él obedeció los requerimientos de la ley en nuestro lugar y fue perfectamente obediente a la voluntad del Padre como nuestro representante, y:
(2) Los sufrimientos de Cristo por nosotros, mediante los cuales cargó con el castigo que nos correspondía por nuestros pecados y como consecuencia murió por nuestros pecados.
Es importante que nos demos cuenta de que en ambas de estas categorías el énfasis primario y la influencia primaria de la obra de redención de Cristo no está en nosotros, sino en Dios el Padre. Jesús obedeció al Padre en nuestro lugar y cumplió perfectamente con las demandas de la ley. Y sufrió en nuestro lugar, y cargó sobre sí el castigo que Dios el Padre nos hubiera impuesto.
En ambos casos, la expiación la vemos como objetiva; es decir, algo que tenía una influencia primaria directamente sobre Dios. Solo secundariamente tiene implicaciones para nosotros, y esto es solo a causa de que había sucedido algo definido en las relaciones entre Dios el Padre y Dios el Hijo que aseguraba nuestra salvación
1. LA OBEDIENCIA DE CRISTO POR NOSOTROS (LLAMADA A VECES «OBEDIENCIA ACTIVA).
Si Cristo solo hubiera obtenido el perdón de pecados para nosotros, no hubiéramos merecido el cielo. Nuestra culpa habría quedado eliminada, pero nosotros solo estaríamos en la posición de Adán y Eva antes de que estos hicieran algo bueno o malo o antes de que hubieran pasado victoriosamente un tiempo de prueba.
A fin de quedar establecidos en justicia para siempre y para que tuvieran comunión con Dios asegurada para siempre, Adán y Eva tenían que obedecer a Dios perfectamente durante un tiempo. Entonces Dios habría visto su obediencia fiel con placer y deleite, y ellos habrían vivido con él en comunión eterna.'
Por esta razón, Cristo tenía que vivir una vida de perfecta obediencia a Dios a fin de ganar la justicia para nosotros. Tenía que obedecer la ley durante toda su vida en nombre nuestro a fin de que los méritos positivos de su perfecta obediencia fuera contada a nuestro favor. Esto se le llama a veces «obediencia activa» de Cristo, mientras que a su sufrimiento y muerte por nuestros pecados se le llama «obediencia pasiva».
Pablo nos dice que su meta es poder ser encontrado en Cristo no teniendo «su propia justicia que procede de la ley sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe» (Fil 3: 9). Pablo sabe que lo que necesita no es solo neutralidad moral de parte de Cristo (es decir, una hoja limpia con los pecados perdonados), sino una justicia moral positiva. Y sabe que eso no puede proceder de él sino que tiene que llegarle por medio de la fe en Cristo. Asimismo, Pablo dice que Cristo ha sido hecho «nuestra justificación, santificación y redención» (1ª Co 1: 30). Y muy explícitamente dice: «Porque así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos fueron constituidos justos» (Ro 5:19).
Algunos teólogos no han enseñado que Cristo necesitaba conseguir una historia de perfecta obediencia a favor nuestro. Se han limitado a enfatizar que Cristo murió y de esa manera pagó por nuestros pecados" Pero esa posición no explica adecuadamente por qué Cristo hizo más que solo morir: también se convirtió en nuestra «justicia» delante de Dios. Jesús le dijo a Juan el bautista antes de que le bautizara: «Porque así conviene que cumplamos toda justicia» (Mt 3: 15, RVR 1960).
Se puede argumentar que Cristo tenía que vivir una vida de perfecta justicia por interés propio, no por nosotros, antes de que pudiera convertirse en un sacrificio impecable por nosotros. Pero Jesús no tenía necesidad de vivir una vida de perfecta obediencia por interés propio, pues había vivido en amor y compañerismo con el Padre por toda la eternidad y por su propio carácter era eternamente digno del placer y la delicia del Padre. Más bien tenía que «[cumplir] toda justicia» por nosotros; es decir, por amor de las personas que estaba representando como cabeza.
A menos que hiciera eso por nosotros, no tendríamos historia de obediencia mediante la cual mereceríamos el favor de Dios y la vida eterna con él. Además, si Jesús hubiera necesitado solo ser sin pecado y no también una vida de perfecta obediencia, podía haber muerto por nosotros cuando era niño en vez de hacerlo cuando tenía treinta y tres años.
Por aplicación práctica, debiéramos preguntamos en qué historial de obediencia de toda la vida nos apoyaríamos más bien para alcanzar nuestra posición delante de Dios, ¿el de Cristo o el nuestro? Con la vida de Cristo en mente, debiéramos preguntarnos, ¿qué es suficientemente bueno para merecer la aprobación de Dios? ¿Estamos dispuestos a confiar en su historial de obediencia en cuanto a nuestro destino eterno?
NOTA: Algunos han objetado que esta terminología de «activa» y «pasiva» no es enteramente satisfactoria. Porque aun en cuanto a pagar por nuestros pecados Cristo en un sentido estuvo aceptando activamente el sufrimiento que el Padre le daba y estuvo también activo en poner su propia vida (Jn 10:18).
Además, ambos aspectos de la obediencia de Cristo continuaron durante toda su vida: Su obediencia activa incluía obediencia fiel desde su nacimiento hasta su muerte; y su sufrimiento a nuestro favor, que encontró su clímax en la crucifixión, continuó durante toda su vida (vea el estudio abajo).
Sin embargo, la distinción entre la obediencia activa y la pasiva es útil porque nos ayuda a apreciar dos aspectos de la obra de Cristo a nuestro favor. (Vea el estudio de John Murray), Redemption, Accomplished, and Applied [Eerdmans, Grand Rapids, 1955 J, pp. 20-24.) R. L. Reymond prefiere el término preceptiva (para activa) y penal (para pasiva). En su artículo «Obedience of Christ», EDT, p. 785.
Por ejemplo, no pude encontrar ningún estudio de la obediencia activa de Cristo en los siete volúmenes de la Systematic Theology, de Lewis Sperry Chafer (Dallas Seminary Press, Dallas, 1947-48) o en la Obra Christian Theology, de Millard Ericsson, pp. 761-800.
2. LOS SUFRIMIENTOS DE CRISTO POR NOSOTROS (LLAMADOS A VECES «OBEDIENCIA PASIVA»).
Además de obedecer la ley perfectamente durante toda su vida a favor nuestro, Cristo también experimentó los sufrimientos necesarios para pagar el castigo de nuestros pecados.
A. SUFRIÓ DURANTE TODA SU VIDA:
 En un sentido amplio el castigo que Cristo sufrió para pagar por nuestros pecados fue sufrimiento tanto en su cuerpo como en su alma durante toda su vida. Aunque los sufrimientos de Cristo culminaron con su muerte en la cruz (vea abajo), toda su vida en un mundo caído involucró sufrimiento.
Por ejemplo, Jesús soportó un tremendo sufrimiento durante sus tentaciones en el desierto (Mt 4: 1-11), cuando soportó durante cuarenta días los ataques de Satanás. 5 También sufrió al crecer en madurez: «Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer» (He 5: 8). Conoció el sufrimiento en la intensa oposición que enfrentó de parte de los líderes judíos a lo largo de gran parte de su ministerio terrenal (vea He 12: 3-4).
Podemos suponer también que experimentó sufrimiento y tristeza ante la muerte de su padre terrenal, y desde luego también lo experimentó por causa de la muerte de su íntimo amigo Lázaro Gn 11: 35). Al predecir la venida del Mesías, Isaías dijo que sería un «varón de dolores, hecho para el sufrimiento» (Is 53: 3).
B. EL DOLOR DE LA CRUZ:
Los sufrimientos de Jesús se intensificaron al irse acercando a la cruz. Les contó a sus discípulos algo de la agonía que estaba experimentando cuando les dijo: «Es talla angustia que me invade, que me siento morir» (Mt 26: 38).
Fue en la cruz donde los sufrimientos de Jesús alcanzaron su clímax, porque fue allí donde cargó con el castigo que correspondía a nuestros pecados y murió en nuestro lugar. Las Escrituras nos enseñan que hubo cuatro aspectos diferentes del dolor que Jesús experimentó:
(1) DOLOR FISICO Y MUERTE.
No tenemos necesidad de aseverar que Jesús sufrió más dolor fisico que cualquier ser humano haya jamás sufrido, porque la Biblia en ninguna parte hace esa afirmación. Pero con todo no debemos olvidar que la muerte por crucifixión era una de las formas más horribles de ejecución inventadas por el hombre.
Muchos lectores de los evangelios en el mundo antiguo habrían sido testigos de alguna crucifixión y eso crearía alguna imagen mental vívida y dolorosa al leer las palabras «y lo crucificaran» (Mt 15: 24).
Un condenado a muerte que moría crucificado se veía esencialmente forzado a infligirse él mismo una muerte lenta por asfixia. Cuando los brazos del condenado eran extendidos y sujetados mediante los clavos a la cruz, tenía que sostener la mayor parte del peso de su cuerpo con los brazos.
En esa posición, la cavidad torácica tenía dificultades para respirar y obtener aire renovado. Pero cuando la necesidad de aire de la víctima se hacía insoportable, tenía que hacer lo posible por levantarse empujando con sus pies, dando así un apoyo más natural a su cuerpo y aliviando los brazos del peso del cuerpo, y de esa forma podía respirar un poco mejor.
Al esforzarse por levantar el cuerpo apoyándose en los pies el crucificado podía aliviar la asfixia, pero resultaba en extremo doloroso para él porque implicaba poner toda la presión de sostener el cuerpo sobre los clavos que le sujetaban los pies, y doblar los codos y empujar hacia arriba sobre los clavos que le sujetaban las muñecas. La espalda del crucificado, que había sido flagelada repetidas veces mediante los latigazos propinados, se rozaría contra la madera de la cruz con cada movimiento.
Por eso Séneca (del primer siglo d.C.) habló de los crucificados como personas que «aspiraban el aire vital en medio de intensa agonía» (Epístola 101, a Lucio, sección 14).
Un médico que escribió en el journal ofthe American Medical Association en 1986 explicó el dolor que solía experimentar la persona condenada a muerte por crucifixión:
Un Proceso De Respiración Adecuado Requiere Levantar El Cuerpo Empujando Con Los Pies Y Flexionando Los Codos... Sin Embargo, Este Movimiento Ponía Todo El Peso Del Cuerpo Sobre Los Tarsos Y Producía Un Punzante Dolor.
Además, La Flexión De Los Codos Causaba Rotación De Las Muñecas Alrededor De Los Clavos De Hierro Y Causaba Fiero Dolor Por Los Nervios Dañados. Calambres Musculares Y Parestesia En Los Brazos Extendidos Y Levantados Se Agregaba A La Incomodidad. Como Resultado, Cada Esfuerzo Por Respirar Resultaba Agonizante Y Agotador Y Llevaba Al Final A La Asfixia.
En algunos casos, los hombres crucificados sobrevivían varios días, casi asfixiados pero sin morir. Esa era la razón por la que los encargados de la ejecución quebraban a veces las piernas del crucificado, con el fin de que la muerte sobreviniera rápidamente, como vemos en Juan 19: 31-33:
Era El Día De La Preparación Para La Pascua. Los Judíos No Querían Que Los Cuerpos Permanecieran En La Cruz En Sábado, Por Ser Éste Un Día Muy Solemne. Así Que Le Pidieron A Pilato Ordenar Que Les Quebraran Las Piernas A Los Crucificados Y Bajaran Sus Cuerpos. Fueron Entonces Los Soldados Y Le Quebraron Las Piernas Al Primer Hombre Que Había Sido Crucificado Con Jesús, Y Luego Al Otro. Pero Cuando Se Acercaron A Jesús Y Vieron Que Ya Estaba Muerto, No Le Quebraron Las Piernas.
NOTA: En Marcos 1:13 el participio presente peirazomenos. "fue tentado», modifica el imperfecto del verbo principal en la cláusula (en, fue), indicando que Jesús fue continuamente tentado a lo largo de los cuarenta días en el desierto.
Aunque las Escrituras no dicen explícitamente que José murió durante el tiempo de la vida de Jesús, no volvemos a saber nada de él después del cumplimiento de los doce años de Jesús. Vea estas reflexiones en el capítulo 26,
La palabra que generalmente se traduce por «mano» (cheir: Lc. 24: 39-40; Jn. 20: 20) puede en ocasiones referirse al brazo (BAGD, p. 880; LS], p. 1983,2). Un clavo a través de las manos no habría sido capaz de sostener el peso del cuerpo, porque las manos se habrían desgarrado.
(2) EL DOLOR DE CARGAR CON EL PECADO
Más horrible que el dolor del sufrimiento físico que Jesús soportó fue el dolor psicológico de estar cargando con la culpa de nuestros pecados. En nuestra experiencia como cristianos sabemos algo de la angustia que sentimos cuando hemos pecado.
El peso de la culpa es tremendo sobre nuestros corazones, y hay un sentido amargo de separación de todo lo que es recto en el universo, una conciencia de algo que en un sentido muy profundo no debiera ser. De hecho, cuanto más crecemos en santidad como hijos de Dios, tanto más sentimos esta instintiva repugnancia en contra del mal.
Ahora bien, Jesús era perfectamente santo. Aborrecía el pecado con todo su ser.
El concepto del mal, del pecado, lo contradecía todo en su carácter. Mucho más de lo que nosotros lo hacemos, Jesús se rebelaba instintivamente contra el mal. Con todo, en obediencia al Padre, y por amor a nosotros, Jesús tomó sobre sí todos los pecados de todos los que un día serían salvos. Cargar sobre sí todo el mal en contra del cual su alma se rebelaba creaba una repugnancia profunda en el centro de su ser. Todo lo que aborrecía más profundamente estaba siendo derramado sobre él.
La Escrituras dicen con frecuencia que Cristo cargó con nuestros pecados: «El Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros» (Is 53: 6), y «cargó con el pecado de muchos (Is 53: 12). Juan el Bautista señaló a Jesús como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» Gn 1:29). Pablo declara que Dios «lo trató como pecador» (2ª Co 5: 21) y que Cristo se hizo «maldición por nosotros» (Gá 3: 13).
El autor de Hebreos dice que Cristo «fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos» (He 9: 28). Y Pedro dice: «él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados» (1ª P 2:24).
El pasaje de 2 Corintios citado arriba, junto con los versículos de Isaías, indican que fue Dios el Padre quien cargó nuestros pecados sobre Cristo. ¿Cómo era posible?
En la misma manera que los pecados de Adán fueron imputados a nosotros o Dios imputó nuestros pecados a Cristo; es decir, los declaró pertenecientes a Cristo, y, puesto que Dios es el juez supremo y definidor de lo que de verdad es en el universo, cuando Dios pensó que nuestros pecados le pertenecían a Cristo, de verdad le pertenecían a Cristo.
Esto no quiere decir que Dios concluyó que Cristo de veras hubiera cometido aquellos pecados, ni que Cristo mismo tuviera de verdad una naturaleza pecadora, sino más bien quiere decir que Dios declaró que la culpa de nuestros pecados (esto es, la responsabilidad de pagar el castigo) era de Cristo y no de nosotros.
Algunos han objetado que no era justo que Dios hiciera esto de transferir la culpa del pecado de nosotros a una persona inocente, a Cristo. Pero debemos recordar que Cristo tomó voluntariamente sobre sí la culpa de nuestros pecados, de modo que esta objeción pierde mucha de su fuerza. Además, Dios mismo (Padre, Hijo y Espíritu Santo) son la norma suprema de lo que es justo y correcto en e! universo, y él decretó que la expiación tendría lugar de esta manera, y que eso en realidad satisfacía sus demandas de rectitud y justicia.
(3) ABANDONO
El dolor fisico de la crucifixión y e! dolor de cargar sobre sí e! mal absoluto de nuestros pecados se agravó por e! hecho de que Jesús enfrentó este dolor solo. En el huerto de Getsemaní, cuando llevó consigo a Pedro, Juan y Santiago, les expresó algo de la agonía que sentía: «Es talla angustia que me invade que me siento morir.
Quédense aquí y vigilen» (Mr 14: 34). Esta es la clase de confidencia que uno expresa a un amigo íntimo, e implica un ruego de apoyo en horas de gran prueba.
Sin embargo, tan pronto como arrestaron a Jesús «todos los discípulos lo abandonaron y huyeron» (Mt 26: 56).
Aquí también tenemos una cierta analogía de nuestra experiencia, porque no podemos vivir largo tiempo sin probar el dolor interno de! rechazo, ya sea el rechazo de un amigo cercano, de un padre o hijo, o de un esposo o esposa. Con todo, en esos casos hayal menos la sensación de que podíamos haber hecho algo de manera diferente, de que al menos en cierta parte nosotros somos culpables.
 Esa no era la situación con Jesús y sus discípulos, porque «habiendo amado a los suyos que estaba en e! mundo, los amó hasta el fin» Gn 13: 1). Él no había hecho otra cosa que amarlos; pero ellos lo abandonaron.
Pero mucho peor que la deserción de sus más íntimos amigos humanos fue el hecho de que Jesús se vio privado de la cercanía con e! Padre que había sido su más profundo gozo durante toda su vida terrenal. Cuando Jesús exclamó: «EH, EH, ¿lama sabactani? (que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparador'» (Mt 27: 46), él mostró que estaba separado por completo del dulce compañerismo con su Padre celestial que había sido la fuente constante de su fortaleza interna y el elemento de su mayor gozo en una vida llena de dolor. Al cargar Jesús con nuestros pecados en la cruz, se vio abandonado por su Padre celestial porque «son tan puros tus ojos que no pueden ver el mal» (Hab 1: 13). Jesús se enfrentó solo al peso de la culpa de millones de pecados.
(4) CARGAR CON LA IRA DE DIOS
Sin embargo, más dificil que estos aspectos previos del dolor de Jesús fue e! dolor de cargar sobre sí la ira de Dios. Al llevar Jesús solo la culpa de nuestros pecados, Dios el Padre, e! Creador todopoderoso, e! Señor del universo, derramó sobre Jesús la furia de su ira: Jesús se convirtió en e! objeto del intenso odio por el pecado y de la venganza en contra del pecado que Dios había acumulado pacientemente desde el comienzo del mundo.
Romanos 3:25 nos dice que Dios ofreció a Cristo como «propiciación» (sacrificio expiatorio), palabra que significa «sacrificio que carga con la ira de Dios hasta el final y que al hacerse cambia en favor la ira de Dios contra nosotros ». Pablo nos dice que «Dios lo ofreció como un sacrificio de expiación que se recibe por la fe en su sangre, para así demostrar su justicia.
Anteriormente, en su paciencia, Dios había pasado por alto los pecados; pero en el tiempo presente ha ofrecido a Jesucristo para manifestar su justicia. De este modo Dios es justo y, a la vez, e! que justifica a los que tienen fe en Jesús» (Ro 3: 25-26). Dios no solo había perdonado el pecado y olvidado el castigo en generaciones pasadas. Había perdonado los pecados y había acumulado ira en contra de esos pecados. Pero en la cruz la furia de toda esa ira acumulada en contra del pecado se desató contra el propio Hijo de Dios.
Muchos teólogos fuera del mundo evangélico han objetado fuertemente la idea de que Jesús sufrió la ira de Dios en contra del pecado. Su suposición básica es que puesto que Dios es un Dios de amor, sería inconsecuente con su carácter descargar su ira contra seres humanos que él ha creado y de quienes es un Padre amoroso.
Pero los eruditos evangélicos han argumentado convincentemente que la idea de la ira de Dios está bien enraizada en el Antiguo y Nuevo Testamentos: «Todo el argumento de la parte primera de Romanos tiene que ver con los hombres, gentiles y judíos, que son pecadores, y que han caído bajo la ira y la condenación de Dios».
Otros tres pasajes clave en el Nuevo Testamento se refieren a la muerte de Jesús como una «propiciación»: Hebreos 2: 17; 1ª Juan 2: 2 y 4: 1O. Los términos griegos (el verbo hilaskomai, «hacer una propiciación» y el nombre hilasmos, «un sacrificio de propiciación») que se usa en estos pasajes denotan «un sacrificio que aleja la ira de Dios, y de esa forma hace que Dios sea propicio (o favorable) hacia nosotros».
Este es el significado coherente de estas palabras fuera de la Biblia donde fueron bien entendidas en referencia a las religiones paganas griegas. Estos versículos sencillamente significan que Jesús cargó con la ira de Dios contra el pecado.
Es importante insistir en este hecho, porque es céntrico en la doctrina de la expiación.
Quiere decir que hay un requerimiento eterno e inalterable de la santidad y justicia de Dios de que hay que pagar por el pecado. Además, antes de que la expiación pudiera tener efecto sobre nuestra conciencia subjetiva, primero tenía que afectar a Dios y sus relaciones con los pecadores que planeaba redimir. Aparte de esta verdad central, la muerte de Cristo no puede entenderse adecuadamente (vea más adelante el estudio de otras perspectivas sobre la expiación).
Aunque debemos ser cautelosos al sugerir analogías de las experiencias por la que Cristo pasó (porque su experiencia fue y siempre será sin precedente o comparación), sin embargo, toda nuestra comprensión del sufrimiento de Jesús viene en algún sentido por vía de experiencias análogas en la vida, porque esa es la forma en que Dios nos enseña en las Escrituras.
Una vez más nuestra experiencia humana nos provee de cierta débil analogía que nos ayuda a entender lo que significa cargar con la ira de Dios. Quizá como niños nos hemos enfrentado a la ira de un padre humano cuando hemos hecho algo malo, o quizá como adultos hemos conocido el enojo de un jefe por un error que hemos cometido. Por dentro nos sentimos aplastados, perturbados por la fuerza de la otra personalidad, llenos de insatisfacción en lo más profundo de nuestro ser, y temblamos.
NOTA: Bajo la influencia de los eruditos que niegan que la idea de la propiciación aparezca en el Nuevo testamento, la versión inglesa conocida como RSV traduce hilasmos como «expiación», una palabra que significa «una acción que limpia del pecado», pero no incluye el concepto de aplacar la ira de Dios.
Vea el estudio del lenguaje antropomórfico en las Escrituras para hablar acerca de Dios
Nos cuesta imaginamos la desintegración personal que nos amenazaría si esa tormenta de ira no viniera de un ser humano finito sino del Dios todopoderoso. Si incluso la sola presencia de Dios, cuando no manifiesta ira, causa temor en las personas (He 12: 21, 28-29), cuán terrible debe ser enfrentarse a la ira de Dios (He 10: 31).
Con esto en mente, estamos ahora en mejor posición de entender el clamor de desolación de Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27: 46).
La pregunta no significa: «¿Por qué me has dejado para siempre?» porque Jesús sabía que iba a dejar el mundo y regresar al Padre Gn 14: 28; 16: 10, 17). Sabía que resucitaría Gn 2:19; Lc 18:33; Mr 9:31; et al.). «Por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios» (He 12: 2).Jesús sabía que todavía podía invocar a Dios y llamarle «mi Dios». Este grito de desolación no es un grito de desesperación total.
Además, «¿por qué me has desamparado?» no implica que Jesús se esté preguntando por qué estaba muriendo. Él había dicho: «Ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mr 10: 45).
Jesús sabía que estaba muriendo por nuestros pecados. El clamor de Jesús es una cita del Salmo 22: 1, salmo en el cual el salmista pregunta por qué Dios no acude en su ayuda, por qué Dios se demora en rescatarle: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Lejos Estás Para Salvarme, Lejos De Mis Palabras De Lamento. Dios Mío, Clamo De Día Y No Me Respondes; Clamo De Noche Y No Hallo Reposo. (Sal 22: 1-2)
No obstante, Dios al final rescató al salmista, y su clamor de desolación cambió a un himno de alabanza (vv. 22-31), Jesús, que conocía las palabras de las Escrituras como propias, conocía bien el contexto del Salmo 22. Al citar este salmo, está citando un clamor de desolación que tiene también implícito en su contexto una fe inquebrantable en Dios de que al final le liberará. Sin embargo, permanece como un auténtico clamor de angustia porque el sufrimiento se estaba extendiendo mucho y no parecía estar cercana la liberación.
En este contexto de la cita entendemos mucho mejor la pregunta «¿Por qué me has desamparado?» como queriendo decir «¿Por qué me has dejado por tanto tiempo?». Este es el sentido que tiene en el Salmo 22. Jesús, en su naturaleza humana, sabía que tenía que cargar con nuestros pecados, sufrir y morir. Pero, en su conocimiento humano, probablemente no sabía cuánto tiempo llevaría este sufrimiento.
Con todo, llevar sobre sí la culpa de millones de pecados, aunque fuera solo por un momento, causaría gran angustia en el alma. Enfrentarse a la profunda y terrible ira de un Dios infinito, aun por un instante, causaría el más profundo temor. Pero el sufrimiento de Jesús no terminaría en un minuto, ni dos, ni diez. ¿Cuándo terminaría?
¿Podía haber aun más peso del pecado, más ira de Dios? Las horas fueron pasando, el peso oscuro del pecado y la profunda ira de Dios cayeron sobre Jesús en oleadas sobre oleadas. Jesús al final grito: «¿Por qué me has desamparado?» ¿Por qué tiene que durar tanto este sufrimiento? Dios mío, Dios mío, ¿no puedes hacer que esto acabe ya?
Entonces al fin Jesús supo que su sufrimiento estaba a punto de completarse.
Sabía que había cargado conscientemente con toda la ira del Padre en contra de nuestros pecados, porque el enojo de Dios se había aplacado y aquel terrible peso del pecado se había aliviado. Sabía que todo 10 que faltaba era entregar su espíritu en las manos del Padre y morir.
Con un grito de victoria, exclamó: «Todo se ha cumplido» (Jn 19: 30). Entonces exclamó con fuerza: «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!» (Lc 23: 46). Y entonces entregó voluntariamente la vida que nadie podía arrebatarle (Jn 10: 17-18), y murió. Como Isaías había predicho, «derramó su vida hasta la muerte, y fue contado entre los transgresores» (Is 53: 12). Dios el Padre vio el «fruto de la aflicción de su alma» y quedó satisfecho (Is 53: 11, RVR 1960).
C. UN ENTENDIMIENTO MÁS COMPLETO DE LA MUERTE DE CRISTO
(1) EL CASTIGO LO IMPUSO DIOS EL PADRE
Si preguntamos, «¿Quién demandó que Cristo pagara el castigo de nuestros pecados?» la respuesta que las Escrituras nos dan es que el castigo fue impuesto por Dios el Padre al representar él los intereses de la Trinidad en la redención. Era la justicia de Dios la que exigía que se pagara por el pecado, y, entre los miembros de la Trinidad, era la función del Padre requerir ese pago.
Dios el Hijo voluntariamente tomó sobre sí la tarea de cargar con el castigo del pecado. Al referirse a Dios el Padre, Pablo dice: «Al que no cometió pecado alguno [Cristo], por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios» (2ª Co 5:21). Isaías dice: «El Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros» (Is 53: 6).
Continúa describiendo los sufrimientos de Cristo: «El Señor quiso quebrantarlo y hacerlo sufrir, y cómo él ofreció su vida en expiación» (Is 53: 10).
Aquí vemos algo del asombroso amor de Dios el Padre y de Dios el Hijo en la redención. Jesús no solo sabía que sufriría el dolor increíble de la cruz, sino que Dios sabía que tendría que imponer ese dolor sobre su propio y amado Hijo. «Dios muestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro 5:8).
(2) NO SUFRIMIENTO ETERNO SINO PAGO COMPLETO
Si tuviéramos que pagar el castigo de nuestros pecados, tendríamos que sufrir en una eterna separación de Dios. Sin embargo, Jesús no sufrió eternamente. Hay dos razones para esta diferencia:
(A) Si sufriéramos por nuestros pecados, nunca podríamos alcanzar una situación correcta con Dios. No habría esperanza porque no habría forma de vivir de nuevo y obtener perfecta justicia ante Dios, y tampoco habría manera de corregir nuestra naturaleza pecaminosa y hacerla recta delante de Dios. Además, continuaríamos existiendo como pecadores que no sufrirían con corazones puros de justicia delante de Dios, sino que sufriríamos con resentimiento y amargura en contra de Dios, y de esa manera agravando nuestro pecado.
(B) Jesús pudo cargar con la ira de Dios en contra de nuestro pecado y hacerlo hasta el final. Ningún ser humano hubiera podido hacer esto jamás, pero en virtud de la unión de las naturalezas divina y humana en sí mismo, Jesús pudo sufrir la ira de Dios en contra del pecado y hacerlo hasta su fin. Isaías predijo: «Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho» (Is 53: 11, RVR 1960). Cuando Jesús supo que había pagado todo el castigo de nuestros pecados, dijo: «Todo se ha cumplido» Jn 19: 30).
Si Cristo no hubiera pagado todo el castigo, todavía habría condenación para nosotros. Pero puesto que ha pagado completamente el castigo que merecíamos, las Escrituras dicen que ya «no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Ro 8: 1).
Nos ayudará en este momento el damos cuenta de que nada en el carácter eterno de Dios y nada en las leyes que Dios ha dado a la humanidad requería que hubiera que sufrir eternamente el castigo de los pecados del hombre. De hecho, si hubiera sufrimiento eterno, el castigo no estaría pagado por completo, y el que hace el mal continuaría siendo un pecador por naturaleza.
Pero cuando los sufrimientos de Cristo al fin llegaron a su final en la cruz, demostró que había llevado sobre sí la plena medida de la ira de Dios en contra del pecado y que no quedaba más castigo que hubiera que pagar. También mostraba que él mismo era justo delante de Dios.
En este sentido el hecho de que Cristo sufriera por un tiempo limitado en vez de eternamente muestra que su sufrimiento fue un pago suficiente por el pecado. El autor de Hebreos repite el tema una y otra vez para recalcar que la obra redentora de Cristo estaba por completo terminada:
Ni entró en el cielo para ofrecerse vez tras vez, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. Si así fuera, Cristo habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Al contrario, ahora, al final de los tiempos, se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo.
Y Así Como Está Establecido Que Los Seres Humanos Mueran Una Sola Vez, Y Después Venga El Juicio, También Cristo Fue Ofrecido En Sacrificio Una Sola Vez Para Quitar Los Pecados De Muchos; Y Aparecerá Por Segunda Vez, Ya No Para Cargar Con Pecado Alguno, Sino Para Traer Salvación A Quienes Lo Esperan. (He 9: 25-28)
Este énfasis del Nuevo Testamento en el carácter final y completo de la muerte sacrificial de Cristo contrasta con la enseñanza de la Iglesia Católica Romana de que en la misa hay una repetición del sacrificio de Cristo. A causa de esta enseñanza oficial de la Iglesia Católica Romana, muchos protestantes desde el tiempo de la Reforma, y todavía hoy, están convencidos de que no pueden participar en buena conciencia en la misa de la Iglesia Católica Romana, porque eso podría verse como una aprobación de la idea católica de que el sacrificio de Cristo se repite cada vez que se celebra la misa.
El propósito del sacrificio es e! mismo en el sacrificio de la Misa como en e! sacrificio de la cruz; en primer lugar la glorificación de Dios, y en segundo lugar la expiación, la acción de gracias y la apelación.
El énfasis del Nuevo Testamento en el carácter final y completo del sacrificio y de la muerte de Cristo tiene muchas implicaciones prácticas, porque nos asegura que no hay más castigo por el pecado que haya quedado por pagar. El castigo fue pagado completamente por Cristo, y nosotros no debiéramos vivir en ningún temor de condenación o castigo.
NOTA: Ludwig Ott, Fundamentals of Catholic Dogma, p. 408, dice: «En e! sacrificio de la Misa y en e! sacrificio de la cruz, el don del sacrificio y e! Sacerdote sacrificante primario son idénticos; solo son diferentes la naturaleza y el modo de la ofrenda según el punto de vista tomista, en cada Misa Cristo está en realidad realizando una actividad de sacrificio inmediato, lo cual, sin embargo, no debe concebirse como una totalidad de muchos actos sucesivos, sino como un solo acto de sacrificio ininterrumpido del Cristo transfigurado.
(3) EL SIGNIFICADO DE LA SANGRE DE CRISTO
El Nuevo Testamento relaciona con frecuencia la sangre de Cristo con nuestra redención. Por ejemplo, Pedro dice: «Como bien saben, ustedes fueron rescatados de la vida absurda que heredaron de sus antepasados. El precio de su rescate no se pagó con cosas perecederas, como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin defecto» (1ª P 1: 18-19).
La sangre de Cristo es la clara evidencia externa de que derramó su sangre cuando murió en sacrificio para pagar nuestra redención: «la sangre de Cristo» significa su muerte en sus aspectos salvadores. Aunque nosotros podemos pensar que la sangre de Cristo (como evidencia de que dio su vida) tendría referencia exclusiva a la eliminación de nuestra culpa judicial ante Dios porque esa es su referencia primaria-los autores del Nuevo Testamento también le atribuyen otros varios efectos.
Nuestras conciencias son purificadas mediante la sangre de Cristo (He 9: 14), tenemos acceso libre a Dios en adoración y oración (He 10: 19), somos purificados progresivamente del pecado que queda (1ª Jn 1: 7; Ap 1: 5b), podemos conquistar al acusador de los hermanos (Ap 12: 10-11), y somos rescatados de una manera pecaminosa de vivir (1ª P 1: 18-19).
Las Escrituras hablan tanto acerca de la sangre de Cristo porque su derramamiento fue una clara evidencia de que su vida fue entregada en una ejecución judicial (es decir, fue condenado a muerte y murió pagando el castigo impuesto tanto por un juez humano como por Dios mismo en el cielo).
El énfasis de las Escrituras en la sangre de Cristo lo vemos también en la relación clara entre la muerte de Cristo y los muchos sacrificios en el Antiguo Testamento que involucran el derramamiento de la sangre viva del animal sacrificado. Todos estos sacrificios señalaban hacia el futuro y prefiguraban la muerte de Cristo.
(4) LA MUERTE DE CRISTO COMO «SUSTITUCIÓN PENAL»
La perspectiva de la muerte de Cristo que presentamos aquí ha sido con frecuencia llamada teoría de la «sustitución penal». La muerte de Cristo fue «penal» en que él cargó con un castigo cuando murió. Su muerte fue también una «sustitución » en el sentido de que él tomó nuestro lugar cuando murió.
Esta ha sido la comprensión ortodoxa de la expiación sostenida por los teólogos evangélicos, en contraste con otras perspectivas que intentan explicar la expiación aparte de la idea de la ira de Dios o pago por el castigo del pecado (vea más adelante).
Esta perspectiva de la expiación es a veces llamada la teoría de la expiación vicaria.
Un «vicario» es alguien que representa a otro o que está en lugar de otro. La muerte de Cristo fue, por tanto, «vicaria» porque él ocupó nuestro lugar y nos representó. Como nuestro representante, sufrió el castigo que nosotros merecíamos.
D. LOS TÉRMINOS DEL NUEVO TESTAMENTO DESCRIBEN ASPECTOS DIFERENTES DE LA EXPIACIÓN:
La obra expiatoria de Cristo es un acontecimiento complejo que tiene varios efectos sobre nosotros. Se puede ver, por tanto, desde varios aspectos diferentes.
El Nuevo Testamento usa diferentes palabras para describirlos; nosotros examinaremos cuatro de los términos más importantes.
Estos cuatro términos muestran cómo la muerte de Cristo satisfizo las cuatro necesidades que nosotros tenemos como pecadores:
1. Nosotros merecemos morir como castigo por el pecado.
2. Nosotros merecemos sufrir la ira de Dios en contra del pecado.
3. Estamos separados de Dios por causa de nuestros pecados.
4. Estamos esclavizados al pecado y al reino de Satanás.
Estas cuatro necesidades quedan satisfechas mediante la muerte de Cristo de la siguiente manera:
(1) SACRIFICIO
Cristo murió en sacrificio por nosotros para pagar la pena de muerte que nosotros merecíamos por nuestros pecados. «Al final de los tiempos, se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo» (He 9: 26).
(2) PROPICIACIÓN
Para alejamos de la ira de Dios que merecíamos, Cristo murió en propiciación por nuestros pecados. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados» (1ª Jn 4: 10).
(3) RECONCILIACIÓN
Para vencer nuestra separación de Dios, necesitábamos a alguien que nos proveyera de reconciliación y de ese modo llevamos de vuelta a la comunión con Dios. Pablo dice que «En Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados» (2ª Co 5: 18-19).
(4) REDENCIÓN
Debido a que como pecadores estamos esclavizados al pecado y a Satanás, necesitamos a alguien que nos provea de redención y de ese modo nos «redima» de esa esclavitud. Cuando hablamos de redención, la idea de «rescate» viene a la mente.
Un rescate es el precio que se paga para redimir a alguien de la esclavitud o cautividad. Jesús dijo de sí mismo: «El Hijo del hombre [no] vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mr 10: 45). Si preguntamos a quién se le pagó el rescate, nos damos cuenta que la analogía humana del pago del rescate no encaja muy bien con la expiación de Cristo en cada detalle.
Aunque nosotros estábamos sometidos a esclavitud del pecado y de Satanás, no se pagó ningún «rescate» ni al «pecado» ni a Satanás, porque ellos no tenían poder para demandar ese pago, ni tampoco Satanás, cuya santidad quedó manchada por el pecado y tenía que pagar un castigo por ello. Como vimos antes, el castigo del pecado lo pagó Cristo y lo recibió y aceptó Dios el Padre.
Pero titubeamos al hablar de pagar un «rescate» a Dios el Padre, porque no era él el que nos tenía esclavizados, sino Satanás y nuestros propios pecados. Por tanto, en este sentido la idea de un pago de rescate no la podemos usar en cada detalle. Es suficiente que notemos que se pagó un precio (la muerte de Cristo) y que el resultado fue que nosotros fuimos «redimidos» de la esclavitud.
Fuimos redimidos de la esclavitud a Satanás porque «el mundo entero está bajo el control del maligno» (1ª Jn 5: 19), y cuando Cristo vino murió para «librar a todos los que por temor a la muerte estaban sometidos a esclavitud durante toda la vida» (He 2: 15). De hecho, Dios el Padre «nos libró del dominio de la oscuridad y nos trasladó al reino de su amado Hijo» (Col 1:13).
En cuanto a la liberación de la esclavitud del pecado, Pablo dice: «También ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia» (Ro 6:11, 14). Hemos sido liberados de la esclavitud de la culpa del pecado y de la esclavitud de su poder dominante en nuestra vida.
E. OTRAS MANERAS DE VER LA EXPIACIÓN:
En contraste con el punto de vista de la sustitución penal, se han presentado otras formas de entenderlo a lo largo de la historia de la iglesia.
(1) LA TEORÍA DEL PAGO DE RESCATE A SATANÁS
Este punto de vista 10 sostuvo Orígenes (185-254 d.C.), teólogo de Alejandría y más tarde de Cesarea, y después de él por algunos otros en la historia temprana de la iglesia. Según esta perspectiva, el rescate que Cristo pagó para redimimos lo pagó a Satanás, en cuyo reino estaban todas las personas por razón del pecado.
Esta teoría no tiene una confirmación directa en las Escrituras y ha tenido pocos que la apoyaran en la historia de la iglesia. Piensa equivocadamente que Satanás, en vez de Dios, es el que requiere que se haga el pago por el pecado y al hacerlo pasa por alto completamente las demandas de la justicia de Dios con respecto al pecado. Concede a Satanás mucho más poder del que realmente tiene, es decir, poder para exigirle a Dios todo lo que quiera, olvidando que Satanás ha sido arrojado del cielo y no tiene derecho a demandar nada de Dios.
En ninguna parte de las Escrituras se dice que nosotros como pecadores le debamos algo a Satanás, sino que repetidas veces dice que Dios requiere que nosotros paguemos por nuestros pecados. Este punto de vista tampoco toma en cuenta los textos que hablan de la muerte de Cristo como una propiciación que se ofreció a Dios el Padre, ni el hecho de que Dios el Padre representó a la Trinidad en la aceptación del pago por los pecados que hizo Cristo (vea las reflexiones arriba).
(2) LA TEORÍA DE LA INFLUENCIA MORAL
El primero que la propuso fue un teólogo francés llamado Pedro Abelardo (1079-1142). La influencia moral de la expiación sostiene que Dios no demandó ningún pago como castigo por el pecado, sino que la muerte de Cristo fue simplemente la manera en la que Dios mostró cuánto amaba él a los seres humanos al identificarse con sus sufrimientos, incluso hasta el punto de la muerte.
La muerte de Cristo, por tanto, se convierte en un gran ejemplo de enseñanza que muestra el amor de Dios por nosotros y provoca en nosotros una respuesta de gratitud, de manera que al amarle a él encontramos el perdón.
La gran dificultad con este punto de vista es que es contrario a muchos pasajes de las Escrituras que dicen que Cristo murió por el pecado, cargó con nuestros pecados, o murió en propiciación por nuestros pecados. Además, le priva a la expiación de su carácter objetivo, porque sostiene que la expiación no tiene efecto en Dios mismo. Por último, no tiene manera de lidiar con nuestra culpa, pues si Cristo no murió por nuestros pecados, no tenemos ninguna razón para confiar en él en cuanto al perdón de los pecados.
(3) LA TEORÍA DEL EJEMPLO
La teoría del ejemplo de la expiación era enseñada por los socinianos, los seguidores de Fausto Socino (1539-1604), un teólogo italiano que se estableció en Polonia en 1578 y atrajo a muchos seguidores. La teoría del ejemplo, como la teoría de la influencia moral, también niega que la justicia de Dios requiera pago por el pecado; dice que la muerte de Cristo simplemente nos provee de un ejemplo de cómo nosotros debiéramos confiar y obedecer a Dios perfectamente, aun si esa confianza y obediencia nos lleva a una muerte horrible.
Si bien la teoría de la influencia moral dice que la muerte de Cristo nos enseña cuánto nos ama Dios, la teoría del ejemplo nos dice que la muerte de Cristo nos enseña cómo debiéramos vivir. Apoyo para esta opinión lo podemos encontrar en 1ª Pedro 2: 21: «Para esto fueron llamados, porque Cristo sufrió por ustedes, dándoles ejemplo para que sigan sus pasos».
Si bien es cierto que Cristo es un ejemplo para nosotros incluso en su muerte, la cuestión es si este hecho es la explicación completa de la expiación. La teoría del ejemplo no explica muchos de los pasajes que se enfocan en la muerte de Cristo como un pago por el pecado, en el hecho de que Cristo cargó con nuestros pecados, y el hecho de que fue la propiciación por nuestros pecados. Solo estas consideraciones debieran bastar para decimos que debemos rechazar esta teoría.
Además, esta perspectiva termina argumentando que el hombre puede salvarse a sí mismo siguiendo el ejemplo de Cristo y confiando y obedeciendo a Dios como Cristo lo hizo. De ese modo no muestra cómo puede quitarse la culpa de nuestro pecado, porque no afirma que Cristo pagara el castigo por nuestros pecados ni hace alguna provisión para nuestra culpa cuando murió.
NOTA: Los socinianos fueron antitrinitarios puesto que negaban la deidad de Cristo. Su pensamiento llevó al moderno unitarismo.
(4) LA TEORÍA GUBERNAMENTAL
La teoría gubernamental de la expiación fue primeramente enseñada por el teólogo y jurista holandés Hugo Gracia (1583-1645). Su teoría sostiene que Dios no tenía que requerir pago por el pecado, sino que, puesto que él era el Dios omnipotente, podía dejar a un lado ese requerimiento y sencillamente perdonar los pecados sin necesidad de pagar un castigo.
Entonces ¿cuál es el propósito de la muerte de Cristo? Era la demostración de Dios del hecho de que se habían quebrantado estas leyes, de que él es el legislador moral y gobernador del universo, y que alguna clase de castigo habrá de requerirse cada vez que se quebrantan sus leyes.
Por tanto Cristo no pagó exactamente por los pecados de nadie, sino que simplemente sufrió para mostrar que cuando las leyes de Dios se quebrantan hay que pagar algún castigo.
El problema con este punto de vista es que no explica adecuadamente todas las Escrituras que hablan de que Cristo llevó nuestros pecados en la cruz, de Dios que echa sobre Cristo las iniquidades de todos nosotros, de Cristo que muere específicamente por nuestros pecados y de Cristo como la propiciación por nuestros pecados.
Además, deja a un lado el carácter objetivo de la expiación al hacer de su propósito no la satisfacción de la justicia de Dios sino solo servir de influencia para que nos demos cuenta que debemos observar las leyes de Dios. Esta perspectiva también implica que no podemos confiar en la obra consumada de Cristo en cuanto al perdón de los pecados, porque él en realidad no ha pagado por nuestros pecados.
Además, hace de la obtención del perdón para nosotros algo que sucedió en la propia mente de Dios aparte de la muerte de Cristo en la cruz: él ya había decidido perdonamos sin requerirnos ningún pago de parte nuestra y luego castigó a Cristo solo para demostrar que él era todavía el gobernante moral del universo. Pero eso significa que Cristo (en esta opinión) no ganó en realidad el perdón ni la salvación para nosotros, y de ese modo el valor de su obra redentora queda muy minimizado.
Por último, esta teoría no da adecuada razón de la inmutabilidad de Dios y de la infinita pureza de su justicia. Decir que Dios puede perdonar los pecados sin requerir ningún castigo (a pesar del hecho de que a lo largo de las Escrituras el pecado siempre requiere el pago de un castigo) es subestimar seriamente el carácter absoluto de la justicia de Dios.
F. DESCENDIÓ CRISTO AL INFIERNO?:
Se ha argumentado algunas veces que Cristo descendió al infierno después de morir. La frase «descendió a los infiernos» no aparece en la Biblia. Pero el Credo de los Apóstoles tan ampliamente usado dice: «Fue crucificado, muerto y sepultado. Descendió a los infiernos. Al tercer día resucitó de entre los muertos». ¿Quiere eso decir que Cristo soportó más sufrimiento después de su muerte en la cruz? Como veremos más abajo, el examen de la evidencia bíblica indica que eso no sucedió. Pero antes de ver los textos bíblicos relevantes, del Credo es apropiado que examinemos la frase «descendió a los infiernos» del Credo de los Apóstoles.
(1) EL ORIGEN DE LA FRASE «DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS»
Hay un trasfondo oscuro detrás de la historia de la frase misma. Su origen, donde se pueda encontrar, está lejos de ser muy digno. El gran historiador de la iglesia Philip Schaff ha resumido el desarrollo del Credo de los Apóstoles en un cuadro amplio que aparece reproducido en las páginas 612-614.
Este cuadro muestra que, al contrario del Credo Niceno y de la Definición de Calcedonia, el Credo de los Apóstoles no fue escrito ni aprobado por ningún concilio de la iglesia en una fecha específica. Más bien, fue tomando forma gradualmente desde alrededor del 200 hasta el 750 d.C.
Es sorprendente que la frase «descendió a los infiernos» no se encuentre en ninguna de las versiones tempranas del Credo (en las versiones usadas en Roma, en el resto de Italia y en África) hasta que apareció en una de las dos versiones de Rufino en el 390 d.C. Luego, no fue incluida de nuevo en ninguna versión del Credo hasta el año 650 d.C. Además, Rufino, la única persona que lo incluyó antes del 650 d.C. No pensaba que significaba que Cristo descendió al infierno, sino que entendió que la frase decía que Cristo fue «enterrado».
En otras palabras, para él quería decir que Cristo «descendió a la tumba», (El término griego es hades, que puede significar «tumba», no gehena, «infierno, lugar de castigo».) Debemos también notar que la frase solo aparece en una de las dos versiones del Credo que tenemos de Rufino.
No aparece en la forma romana del Credo que él preservó.
Esto significa, por tanto, que hasta el 650 d.C. ninguna versión del Credo incluía esta frase con la intención de decir que Cristo «descendió al infierno» (la única versión que incluye la frase antes del 650 d.C. le da un sentido diferente). A estas alturas uno se pregunta si el término apostólico puede aplicarse en algún sentido a esta frase, o si tiene de verdad derecho a un lugar en un credo cuyo título afirma haberse originado con los primeros apóstoles de Cristo.
Este estudio del desarrollo histórico de la frase también plantea la posibilidad de que cuando la frase empezó a ser usada más comúnmente, puede haber estado en otras versiones (ahora perdidas) que no tenían la expresión «y sepultado». Si eso es así, probablemente habrá significado para otros lo que quiso decir para Rufino: «descendió a la tumba». Pero más tarde cuando la frase se fue incorporando en otras versiones diferentes del Credo que ya tenían la frase «y sepultado», había que dar a esto alguna otra explicación.
Esta inserción equivocada de la frase después de las palabras «y sepultado» -introducida aparentemente por alguien alrededor del 650 d.C.-llevó a toda clase de intentos de explicar «descendió a los infiernos» en alguna manera que no contradijera el resto de las Escrituras.
Algunos la han tomado como que significa que Cristo sufrió los dolores del infierno mientras estaba en la cruz. Calvino, por ejemplo, dice que «Cristo descendió al infierno» se refiere al hecho de que no solo murió de una muerte corporal sino que «era oportuno para él que al mismo tiempo pasara por la severidad de la venganza de Dios, para aplacar su ira y satisfacer su justo juicio»."
Asimismo, el Catecismo de Heidelberg, pregunta 44, dice: ¿Por qué se agrega: Descendió a los infiernos?
Respuesta: Para que en mis grandes tentaciones pueda estar seguro de que Cristo, mi Señor, mediante el terror, dolor y angustia inexpresable que sufrió en su alma en la cruz y antes, me ha redimido de la angustia y el tormento del infierno:
Pero ¿es esta una respuesta satisfactoria de la frase «descendió a los infiernos»? Si bien es cierto que Cristo sufrió el derramamiento de la ira de Dios en la cruz, esta explicación no encaja realmente en la frase del Credo de los Apóstoles, porque «descendió» difícilmente representa esta idea, y la colocación de la frase después de «fue crucificado, muerto y sepultado» hace que esta sea una interpretación artificial y poco convincente.
Otras han entendido que quiere decir que continuó en el «estado de muerte» hasta la resurrección. En el Catecismo Ampliado de Westminster, la pregunta 50, dice:
La humillación de Cristo después de la muerte consistió en su enterramiento, y continuó en el estado de la muerte, y bajo el poder de la muerte hasta el tercer día; lo que ha sido expresado de otra manera mediante las palabras «descendió a los infiernos».
Aunque es verdad que Cristo continuó en estado de muerte hasta el tercer día, una vez más es una explicación extraña y poco persuasiva de «descendió a los infiernos», porque la colocación de la frase nos daría el extraño sentido de «fue crucificado, muerto y sepultado; él descendió para estar muerto». Esta interpretación no explica lo que las palabras significan en esta secuencia, sino más bien es un intento poco convincente de extraer un sentido teológicamente aceptable de ellas.
Además, la palabra «infierno» no tiene el sentido de simplemente «estar muerto» (aunque la palabra griega hades puede significar eso), de modo que esto termina siendo una explicación doblemente artificial.
Por último, algunos han argumentando que la frase significa lo que parece querer decir a simple lectura: Que Cristo descendió a los infiernos después de su muerte en la cruz. Es fácil de entender que el Credo de los Apóstoles quiera decir eso (en Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, 1. 515 (2.16.10). verdad, ese es el sentido natural), pero entonces surge otra pregunta: ¿Pueden apoyar las Escrituras esa idea?
NOTA: Vea Schaff, Creeds, 1,21, n. 6; vea también 46, n.2. Schaffnota que la frase fue encontrada algo más temprano (alrededor del 360 d.C.), pero entonces no estaba en ningún credo ortodoxo o en ninguna versión del Credo de los Apóstoles, pero sí en algunos credos de los arrianos, personas que negaban la plena deidad de Cristo, sosteniendo que el Hijo fue creado por el Padre (vea Schaff, Creeds, 2.46, n. 2). (Schaffno da la documentación para esta referencia al credo arriano.)
Debiéramos también decir que Schaff, a lo largo de su Creeds of Christendom, tiene varios comentarios editoriales defendiendo un descenso real de Cristo al infierno después de su muerte. Por eso, por ejemplo, él dice que «Rufino mismo, sin embargo, lo entendió mal al hacer que significara lo mismo que enterrado» (1. 21, n. 6), por lo que supone que entender la frase como diciendo «descendió a la tumba» es mal entenderlo (vea también 2. 46, n. 2; 3: 321, n. 1).
(2) POSIBLE APOYO BÍBLICO PARA UN DESCENSO AL INFIERNO
El apoyo para la idea de que Cristo descendió a los infiernos ha sido encontrado primariamente en cinco pasajes: Hechos 2:27; Romanos 10: 6-7; Efesios 4: 8-9; 1ª Pedro 3:18-20 y 1 Pedro 4:6. (Se ha apelado también a varios otros pasajes, pero son menos convincentes.)" Al examinarlos más de cerca, ¿establecen con claridad esta enseñanza algunos de estos pasajes?
(A) HECHOS 2:27.
Esto es parte del sermón de Pedro en el día de Pentecostés, donde está citando el Salmo 16: 10, que dice: «Porque no dejarás mi alma en el Hades [infierno], ni permitirás que tu santo vea la corrupción» (RVR 1960).
¿Significa esto que Cristo entró en el infierno después de morir? No necesariamente, porque estos versículos pueden tener sin duda otro sentido. La palabra «sepulcro» aquí es traducción de un término griego del Nuevo Testamento (hades) y un término hebreo del Antiguo Testamento (seol) que se mantiene por lo general como seol) que pueden significar simplemente «tumba» o «muerte» (el estado de estar muerto).
Por esa razón la NVI lo traduce: «Porque no dejarás que mi vida termine en el sepulcro, ni permitirás que el fin de tu santo sea la corrupción» (Hch. 2: 27). Este sentido es preferible porque el contexto hace hincapié en que el cuerpo de Cristo salió de la tumba, a diferencia del de David, que permaneció en el sepulcro.
El razonamiento es: «Mi cuerpo también vivirá en esperanza» (v. 26) «porque no dejarás que mi vida termine en el sepulcro» (v. 27). Pedro está usando el salmo de David para mostrar que el cuerpo de Cristo no se descompuso, a diferencia del de David, «que murió y fue sepultado, y cuyo sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy» (v. 29). Por tanto, este pasaje acerca de la resurrección de Cristo de la tumba no apoya convincentemente la idea de que Jesús descendió al infierno.
(B) ROMANOS 10:6-7.
Estos versículos contienen dos preguntas retóricas, que son citas del Antiguo Testamento (de Dt 30:13): «No digas en tu corazón: "¿Quién subirá al cielo?" (Es decir, para hacer bajar a Cristo), o "¿Quién bajará al abismo?" (es decir, para hacer subir a Cristo de entre los muertos»). Pero es improbable que este pasaje enseñe que Cristo descendió al infierno.
La intención de este pasaje es que Pablo les está diciendo a los lectores que no hagan estas preguntas, porque Cristo no está lejos -él está cerca-y la fe en él está tan cerca como confesarle con nuestra boca y creer en nuestro corazón (v. 9). Estas preguntas prohibidas son cuestiones de incredulidad, no afirmaciones de lo que las Escrituras enseñan.
Sin embargo, algunos pueden objetar que Pablo podría haber anticipado que sus lectores harían tales preguntas a menos que fuera ampliamente conocido que Cristo en verdad bajó «al abismo». No obstante, aun si esto fuera cierto, las Escrituras no estarían diciendo o implicando que Cristo fue al «infierno» (en el sentido de un lugar de castigo para los muertos, expresado generalmente por el griego gehena), sino más bien que fue «al abismo» (gr. abyssos, un término que se usa con frecuencia en la Septuaginta para referirse a la profundidad del océano [Gn 1:2; 7:11; 8:2; Dt 8:7; Sal106 (1D7): 26], pero también puede referirse aparentemente al lugar de los muertos [Sal 70(71): 20].
Pablo está usando aquí la palabra «abismo» en contraste con «cielo» para referirse a un lugar que es inaccesible a los seres humanos. El contraste no es: «¿Quién irá a encontrar a Cristo en un lugar de gran bendición (el cielo) o en un lugar de gran castigo (infierno)?» sino más bien, «¿Quién ira a encontrar a Cristo en un lugar que es inaccesiblemente alto (cielo) o en un lugar que es inaccesiblemente bajo (el abismo, o lugar de los muertos)?» No se puede encontrar en este pasaje una afirmación o negación de que Cristo «descendió al infierno».
NOTA: Por ejemplo, Mt 12: 40, que dice que Cristo estaría tres días y tres noches «en las entrañas de la tierra», se refiere simplemente al hecho de que estuvo en el sepulcro entre su muerte y resurrección (cE., en la Septuaginta, Sal. 45 (46]: 2 con Jonás 2: 3).
(C) EFESIOS 4:8-9.
Pablo escribe aquí: «Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres. y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra?» (RVR 1960)
¿Significa esto que Cristo «descendió» al infierno? Para empezar, no está claro lo que quiere decir con «descendió primero a las partes más bajas de la tierra» (RVR 1960), pero otra traducción parece damos el mejor sentido: «¿Qué quiere decir eso de que "ascendió", sino que también descendió a las partes bajas, o sea, a la tierra?» (NVI). Aquí la NVI toma «descendió» para referirse a la venida de Cristo a la tierra como un niño (la encamación).
Las cuatro últimas palabras son una interpretación aceptable del texto griego, tomando la frase «las partes bajas» como refiriéndose a la tierra misma (la forma gramatical del griego se conoce como un genitivo de oposición). Nosotros solemos hacer lo mismo en nuestra forma de hablar moderna, por ejemplo, en la frase «la ciudad de Chicago», nos referimos «a la ciudad que es Chicago».
La traducción de la NVI es preferible en este contexto porque Pablo está diciendo que el Cristo que subió al cielo (la ascensión) es el mismo que antes vino del cielo (v. 10). Ese «descender» del cielo ocurrió, por supuesto, cuando Cristo vino para nacer como hombre. De modo que el versículo habla de la encamación, no de descender al infierno.
(D) 1 PEDRO 3:18-20.
Para muchas personas este es el pasaje más desconcertante en todo este asunto. Pedro nos dice que Cristo «sufrió la muerte en su cuerpo, pero el Espíritu hizo que volviera a la vida. Por medio del Espíritu fue y predicó a los espíritus encarcelados, que en los tiempos antiguos, en los días de Noé, desobedecieron, cuando Dios esperaba con paciencia mientras se construía el arca. En ella sólo pocas personas, ocho en total, se salvaron mediante el agua».
Primera Clemente 28:3 usa abismo en vez del hades de la Septuaginta para traducir el Salmo 139:8: «Si tendiera mi lecho en el fondo del abismo (seol), también estás allí». En el Nuevo Testamento, el término se usa solo en Lc. 8: 31; Ro. 10:7 y siete veces en Apocalipsis (allí se refiere al «abismo» (Ap. 20: 3).
Por tanto, aunque el término puede referirse a la morada de los demonios condenados (como en Apocalipsis), ese no es el sentido común que tiene en la Septuaginta o el sentido necesario en su uso del Nuevo Testamento. La fuerza primaria del término es un lugar que es profundo, incomprensible para los seres humanos, que es normalmente imposible que ellos lo alcancen.
¿Quiere decir esto que Cristo predicó en el infierno?
Algunos han entendido que la frase «fue y predicó a los espíritus encarcelados» quiere decir que Cristo fue al infierno y predicó a los espíritus que se encontraban allí, ya fuera mediante la predicación del evangelio para ofrecerles una segunda oportunidad de arrepentirse o proclamando que él había triunfado sobre ellos y que estaban eternamente condenados.
Pero estas interpretaciones no explican adecuadamente el pasaje en sí o su posición en este contexto. Pedro no dice que Cristo predicó a los espíritus en general, sino solo a los que «en los tiempos antiguos, en los días de Noé, desobedecieron mientras se construía el arca». Esa limitada audiencia los que desobedecieron durante la construcción del arca- sería un grupo extraño para que Cristo fuera al infierno a predicarles. S
i Cristo proclamó su triunfo, ¿por qué solo a esos pecadores y no a todos? Y si él les estaba ofreciendo una segunda oportunidad de salvación, ¿por qué solo a ellos y no a todos? Para hacer las cosas más difíciles para este punto de vista está el hecho que las Escrituras en ninguna parte indican que hay una oportunidad de arrepentimiento después de la muerte (Lc 16: 26; He 10: 26-27).
Además, el contexto de 1ª Pedro 3 hace improbable el «predicar en el infierno».
Pedro está animando a sus lectores a dar un testimonio valiente a los incrédulos hostiles que los rodean. Él acaba de decirles: «Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza» (1ª P 3: 15). Este motivo evangelizador perdería su urgencia si Pedro estuviera enseñando que hay una segunda oportunidad después de la muerte. Y eso no encajaría para nada con una «predicación» de condenación.
¿Quiere decir esto que Cristo predicó a los ángeles caídos?
 A fin de dar una mejor explicación a estas dificultades, varios comentaristas han propuesto tomar lo de «los espíritus encarcelados» como espíritus demoníacos, los espíritus de los ángeles caídos, decir que Cristo proclamó condenación a aquellos demonios. Esto (se afirma) consolaría a los lectores de Pedro al mostrarles que las fuerzas demoníacas que ellos enfrentaban serían derrotadas por Cristo.
Sin embargo, los lectores de Pedro tendrían que pasar por un proceso de razonamiento increíblemente complicado para sacar esta conclusión cuando Pedro no lo está enseñando explícitamente. Tendrían que razonar desde:
(1) algunos demonios que pecaron hace mucho tiempo estaban condenados, hasta;
(2) otros demonios están ahora incitando a sus perseguidores humanos;
(3) estos demonios serán un día probablemente condenados:
(4) por tanto, sus perseguidores serán condenados del mismo modo. Por último los lectores de Pedro llegarían a lo que Pedro quería decirles:
(5) Por tanto, no tengan miedo de sus perseguidores.
Los que sostienen la interpretación de que «predicó a los ángeles caídos» deben suponer que los lectores de Pedro «leerían entre líneas» y llegarían a esta conclusión (puntos 2-5) partiendo de la simple declaración de que Cristo «predicó a los espíritus encarcelados, que en los tiempos antiguos, en los días de Noé, desobedecieron» (1ª P 3: 19-20) ¿Pero no parece demasiado exagerado decir que Pedro sabía que sus lectores interpretarían todo eso en el texto?
Además, Pedro en este contexto está haciendo hincapié en «personas hostiles», no en demonios (1ª P 3: 14, 16). ¿Y de dónde sacarían los lectores de Pedro la idea que los ángeles pecaron «mientras se construía el arca»? No encontramos nada de eso en el relato de Génesis sobre la construcción del arca.
Y (a pesar de lo que algunos han afirmado), si examinamos todas las tradiciones de interpretaciones judías del relato del diluvio, no encontramos ninguna mención de ángeles que pecaran «mientras se construía el arca». Por tanto, decir que Pedro está aquí hablando de la proclamación de castigo que hizo Cristo a los ángeles caídos no es tampoco en realidad persuasivo.
¿No se refiere a la proclamación de Cristo de liberación para los santos del Antiguo Testamento?
Otra explicación es que Cristo, después de su muerte, fue y proclamó liberación a los creyentes del Antiguo Testamento que no habían podido entrar en el cielo hasta que se completara la obra redentora de Cristo.
Pero de nuevo podemos cuestionar si eso da adecuada razón de lo que dice el texto en realidad. No dice que Cristo fuera a predicar a los que eran creyentes o fieles a Dios, sino a los que «en los tiempos antiguos, en los días de Noé, desobedecieron», el énfasis está en la desobediencia. Además, Pedro no especifica creyentes del Antiguo Testamento en general, sino solo a los que desobedecieron «en los días de Noé mientras se construía el arca» (1ª P 3: 20).
Por último, las Escrituras no dan una evidencia clara que nos haga pensar que se estuviera reteniendo el pleno acceso a las bendiciones de estar en la presencia de Dios para los creyentes del Antiguo Testamento cuando ellos murieron, cuando en realidad varios pasajes sugieren que los creyentes que murieron antes de la muerte de Cristo sí que entraron a la presencia de Dios cuando sus pecados fueron perdonados al confiar en el Mesías que había de venir (Gn 5: 24; 2ª S 12: 23; Sal 16: 11; 17: 15; 23: 6; Ec. 12:7; Mt 22: 31-32; Lc 16: 22; Ro 4:1-8; He 11: 5).
UNA EXPLICACIÓN MÁS SATISFACTORIA.
La explicación más satisfactoria de 1 Pedro 3:19-20 parece ser la que propuso (pero que en realidad no la defendió) hace mucho tiempo San Agustín: El pasaje no se refiere a algo que Cristo hizo entre su muerte y resurrección, sino a lo que él hizo «en la esfera espiritual de la existencia» (o «por medio del Espíritu») en los días de Noé. Cuando Noé estaba construyendo el arca, Cristo «en espíritu» estaba predicando por medio de Noé a los incrédulos hostiles que le rodeaban:
Esta interpretación recibe apoyo de otras dos declaraciones de Pedro. En 1ª Pedro 1: 11, él dice que «el Espíritu de Cristo» estaba hablando en los profetas del Antiguo Testamento. Esto sugiere que Pedro bien pudiera haber pensado que «el Espíritu de Cristo» estaba también hablando por medio de Noé. Entonces en 2ª Pedro 2:5, él llama a Noé un «predicador de la justicia», usando el nombre (keryx) que viene de la misma raíz que el verbo «predicar» (ekeryxen) en 1ª Pedro 3: 19. De forma que parece probable que cuando Cristo predicó «a los espíritus encarcelados» lo hizo por medio de Noé en los días antes del diluvio.
Las personas a las que Cristo predicó por medio de Noé eran los incrédulos en la tierra en el tiempo de Noé, pero Pedro los llama «espíritus encarcelados» porque ellos se encuentran ahora en la prisión del infierno, aunque no eran solo «espíritus» sino personas sobre la tierra cuando se estaba llevando a cabo la predicación.
(Otras versiones dicen: Cristo predicó «a los espíritus que están ahora en prisión».) Nosotros podemos hablar en nuestras lenguas modernas de la misma manera: «Conocí al Presidente Clinton cuando era un estudiante universitario» es una declaración apropiada, aunque él no era presidente cuando estaba en la universidad.
La frase significa: «Conocí al hombre que luego fue el Presidente Clinton cuando él era todavía un estudiante en la universidad». De modo que Cristo «fue y predicó a los espíritus encarcelados» significa que «Cristo predicó a las personas que ahora son espíritus encarcelados cuando todavía eran personas que vivían en la tierra».
Esta interpretación es muy apropiada en el contexto amplio de 1a Pedro 3: 13-22. El paralelismo entre la situación de Noé y la situación de los lectores de Pedro es clara en varios puntos:
Noé
Minoría de justos Rodeados de incrédulos hostiles El juicio de Dios se acercaba Noé dio testimonio con valentía (con el poder de Cristo) a Noé al final se salvó.
Lectores de Pedro, Minoría de justos Rodeados de incrédulos hostiles El juicio de Dios puede venir pronto (1ª Pedro 4: 5, 7; 2 Pedro 3: 10).
Ellos debieran dar testimonio con valor mediante el poder de Cristo (1ª Pedro 3: 14, 16-17; 3: 15; 4: 11) Ellos al final se salvarán (1ª Pedro 3: 13-14; 4: 13; 5: 10)
Esta comprensión del texto parece ser con mucho la solución más probable a un pasaje desconcertante. Con todo, esto significa que nuestro cuarto posible apoyo a un descenso de Cristo al infierno resulta también negativo, pues el texto habla más bien de algo que Cristo hizo en la tierra en el tiempo de Noé.
NOTA: Para un estudio amplio de las interpretaciones Judías del pecado de , Los hijos de Dios» en Gen 6: 2, 4, y la identidad de los que pecaron mientras se construía el arca, vea "christ Preaching Through Noah: 1 Peter 3: 19-20 in the Light of Dominant Themes in Jewis Literature», en la obra The First Epistle of Peter, Pp. 203-39, de Wayne Grudem (Este apéndice tiene UN estudio amplio de 1 Pedro 3:19-20, que ha resumido brevemente aquí.)
(E) 1ª PEDRO 4:6.
El quinto y último pasaje dice: «Por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios» (RVR 1960).
¿Quiere decir este versículo que Cristo fue al infierno y predicó el evangelio a los que habían muerto? Si así fuera, sería el único pasaje en la Biblia que enseña que hay «una segunda oportunidad» para la salvación después de la muerte y eso sería una contradicción de pasajes como Lucas 16: 19-31 y Hebreos 9:27, que parecen negar claramente esa posibilidad.
Además, el pasaje no dice explícitamente que Cristo predicara a las personas después de que estas habían muerto, y pudiera más bien decir que el evangelio fue predicado (este versículo ni siquiera dice que Cristo predicó) a personas que ahora están muertas, sino que les fue predicado mientras que ellas estaban vivas en la tierra.
Esta es una explicación común, y parece que encaja mucho mejor con este versículo.
Encuentra apoyo en la segunda palabra de este versículo, «esto», que se refiere al juicio final que se menciona al final del versículo 5. Pedro está diciendo que a causa del juicio final el evangelio había sido predicado a los muertos.
Esto consolaría a los lectores en cuanto a sus amigos cristianos que ya habían muerto. Ellos podían estar preguntándose: « ¿Les benefició a ellos el evangelio, puesto que no los salvó de la muerte?» Pedro responde que el evangelio fue predicado a los que habían muerto no para salvarlos de la muerte fisica (sino «para que sean juzgados en carne según los hombres») pero para salvarlos del juicio final (para que «vivan en espíritu según Dios»). Por tanto, el hecho de que hubieran muerto no indicaba que el evangelio no había alcanzado su propósito, porque ellos vivirían para siempre en el reino espiritual.
Entonces, «los muertos» son personas que habían muerto y que estaban ya muertas, aunque estaban vivas y sobre la tierra cuando se les predicó el evangelio. (La NVI traduce: «Por esto también se les predicó el evangelio aun a los muertos).
Esto evita los problemas doctrinales de una «segunda oportunidad» de salvación después de la muerte y encaja bien con las palabras y el contexto del versículo.
Concluimos, por tanto, que este último pasaje, cuando lo vemos en su contexto, no nos provee de apoyo convincente a la doctrina del descenso de Cristo al infierno.
Después de esto, las personas en ambos lados del debate sobre la cuestión de si Cristo en realidad descendió al infierno debieran estar al menos de acuerdo en la idea de que «descendió a los infiernos» no se enseña clara ni explícitamente en ningún pasaje de las Escrituras. Y que muchas personas (incluido este autor) concluirán que esta idea no se enseña para nada en las Escrituras. Pero si pensamos que algún pasaje enseña positivamente esta idea, debemos preguntamos si es contraria a algún pasaje en las Escrituras.
NOTA: Mi estudiante Tet Lim Yee me indicó que prestara atención a otra expresión muy similar en otra parte de las Escrituras: Noemí habla amablemente a Rut y Orfa sobre cómo ellas mostraron amor «con los que murieron» (Rut. 1: 8), refiriéndose a sus esposos mientras éstos estaban todavía vivos.
(3) LA OPOSICIÓN BÍBLICA A «DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS»
Además de que hay muy poco o ningún apoyo bíblico a la idea de que Cristo descendió al infierno, hay algunos textos del Nuevo Testamento que argumentan en contra de la posibilidad de que Cristo fuera al infierno después de su muerte.
Las palabras de Cristo al ladrón en la cruz, «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23: 43), implican que después que Jesús murió su alma (o su espíritu) fue inmediatamente a la presencia del Padre en el cielo, aunque su cuerpo permaneció en la tierra y fue enterrado. Algunos niegan esto argumentando que «paraíso» es un lugar distinto del cielo, pero en otros dos lugares del Nuevo Testamento donde se usa esta palabra significa «cielo»: En 2ª Corintios 12: 4 es el lugar a donde Pablo fue llevado en su visión del cielo, y en Apocalipsis 2:7 es el lugar donde encontramos el árbol de la vida, que es claramente el cielo en Apocalipsis 22: 2 y 14. 31
Además, el grito de Jesús, «Todo se ha cumplido» Gn 19:30), sugiere fuertemente que los sufrimientos de Cristo habían llegado a su fin en ese momento y también su alienación del Padre a causa de llevar nuestro pecado. Esto implica que él no descendería al infierno, sino que iría directamente a la presencia del Padre.
Por último, el grito de «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!» (Lc 23: 46) también sugiere que Cristo esperaba (correctamente) el fin inmediato de su sufrimiento y alejamiento, y el recibimiento de su espíritu en el cielo por Dios el Padre (notemos el grito similar de Esteban en Hechos 7: 59).
Estos textos indican, entonces, que Cristo experimentó en su muerte las mismas cosas que los creyentes experimentan en este tiempo cuando mueren: Su cuerpo muerto permaneció en la tierra y fue enterrado (como el nuestro lo será), pero su espíritu (o alma) pasó inmediatamente a la presencia de Dios en el cielo (como el nuestro lo hará).
Así, pues, en el primer domingo de Resurrección, el espíritu de Cristo se volvió a juntar con su cuerpo y se levantó de la tumba, de la misma manera que los cristianos que han muerto se volverán a unir con sus cuerpos (cuando Cristo regrese) y se levantarán a nueva vida en sus cuerpos perfectos de resurrección.
Este hecho contiene aliento pastoral para nosotros: No tenemos por qué temer a la muerte, no solo porque la vida eterna está al otro lado, sino también porque conocemos que nuestro Salvador mismo ha pasado exactamente por las mismas experiencias que nosotros pasaremos. Él ha preparado el camino, incluso lo ha santificado, y nosotros le seguiremos con confianza en cada paso a lo largo de ese, camino. Este es un consuelo muy superior en cuanto a la muerte que el que jamás podría recibir por cualquier idea de que descendió al infierno.
NOTA: Encontramos más apoyo para esta idea en el hecho de que aunque la palabra paradeisos, «paraíso», podía simplemente significar (jardín agradable) (usada especialmente en la Septuaginta para el huerto del Edén), se emplea con frecuencia para significar «cielo» o «un lugar de bendición en la presencia de Dios». Vea Is. 51: 3; Ez. 28: 13; 31:8-9; T. Levi 18:10; 1 Enoc 20:7; 32: 3; Sib. Oro 3:48. Este fue cada vez más el sentido del término en la literatura judía intertestamentaría (vea para otras varias referencias Joachim Jeremías, paradeisos, afirmaciones
(4) CONCLUSIÓN EN CUANTO AL CREDO DE LOS APÓSTOLES Y LA CUESTIÓN DEL POSIBLE DESCENSO DE CRISTO AL INFIERNO.
¿Merece la frase «descendió a los infiernos» ser retenida en el Credo de los Apóstoles junto con las grandes doctrinas de la fe en las que todos podemos estar de acuerdo? Parece que el único argumento a su favor es que ha estado muchos siglos entre nosotros. Pero un error antiguo sigue siendo un error, y todo el tiempo que ha estado con nosotros ha sido motivo de confusión y desacuerdo.
Por otro lado, hay varias razones convincentes en contra de conservar esa frase.
No tiene una clara garantía de parte de las Escrituras y ciertamente parece estar contradiciendo algunos pasajes de las Escrituras. No hay ninguna razón para decir que es «apostólico» o que tuviera apoyo (en el sentido de «descender a los infiernos») durante los seis primeros siglos de la vida de la iglesia. No estaba en las primeras versiones del Credo y fue luego incluido en una versión posterior debido a un aparente malentendido acerca de su significado.
A diferencia de todas las demás en el Credo, no representa una doctrina principal en la que todos los cristianos están de acuerdo, sino que es una declaración acerca de la cual la mayoría de los cristianos están en desacuerdo." En el mejor de los casos es confusa y en la mayoría de los casos engañosa para los cristianos modernos.
Mi opinión es que ganaríamos mucho y no perderíamos nada si la eliminamos del Credo de una vez y para siempre. En cuanto a la cuestión doctrinal de si Cristo descendió al infierno después de su muerte, la respuesta en base a varios pasajes de las Escrituras parece ser claramente que no.
NOTA: Juan 20: 17 (Suéltame, porque todavía no he vuelto al Padre) se entiende mejor como queriendo decir que en su nuevo estado resucitado, con un cuerpo de resurrección, todavía no había ascendido al cielo; por tanto, María no debería tratar de sujetar el cuerpo de Jesús. El tiempo perfecto de anabebeka, «he subido (o vuelto), da ese sentido«, Todavía no he subido y permanecí en el lugar a donde ascendí» o «Todavía no estoy es el estado de subir» (la última frase es de D. A. Carson, TIte Gospel According to John [Leicester: Inter Varsity Press, y Eerdmans, Grand Rapids, 1991], p. 644).

D. LA AMPLITUD DE LA EXPIACIÓN

Una de las diferencias entre los teólogos reformados y otros teólogos católicos y protestantes ha sido la cuestión de la amplitud de la expiación. Podemos plantear la situación de esta manera: Cuando Cristo murió en la cruz, ¿pagó él por los pecados de toda la raza humana o solo por los pecados de los que él sabía que al final serian salvos!
Los que no son reformados argumentan que la oferta del evangelio se hace repetidas veces a todas las personas, y que para que esta oferta sea genuina, el pago de los pecados debe estar ya hecho y debe estar disponible para todas las personas.
También dicen que si las personas por cuyos pecados Cristo pagó están limitadas, también la oferta del evangelio 10 está, y la oferta del evangelio no puede hacerse extensiva a toda la humanidad sin excepción.
Por otro lado, los cristianos reformados argumentan que si la muerte de Cristo pagó por los pecados de todas las personas que han vivido, no hay castigo pendiente para que nadie lo pague, y a eso necesariamente le sigue que todas las personas serán salvas, sin ninguna excepción.
Porque Dios no puede condenar al castigo eterno a nadie cuyos pecados han sido ya pagados, porque eso demandaría un pago doble y sería, por tanto, injusto. En respuesta a la objeción de que eso compromete la oferta gratuita del evangelio a toda persona, los cristianos reformados responden que nosotros no sabemos quiénes son los que van a confiar en Cristo, porque solo Dios lo sabe. En nuestra opinión, la oferta gratuita del evangelio hay que hacerla a todos sin excepción.
También sabemos que todo el que se arrepiente y cree en Cristo será salvo, de modo que llamamos a todos al arrepentimiento (Hch 17: 30). El hecho de que Dios conociera quiénes serían salvos, y que él aceptó la muerte de Cristo como pago por sus pecados solamente, no impide la oferta gratuita del evangelio, porque quiénes van a responder a él es algo que permanece oculto en los consejos de Dios. El que nosotros no sepamos quiénes van a responder no es una razón para no ofrecer el evangelio a todos del mismo modo que no saber la cuantía de la cosecha no le impide al agricultor sembrar la semilla en los campos.
Por último, los cristianos reformados argumentan que los propósitos de Dios en la redención constituyen un acuerdo en el seno de la Trinidad y son ciertamente llevados a cabo. Aquellos a quienes Dios planeaba salvar son los mismos por los que Cristo vino a morir, y las mismas personas a las que el Espíritu Santo ciertamente aplica los beneficios de la obra redentora de Cristo, incluso despertando su fe (Jn 1: 12; Fil 1: 29; Ef. 2: 2) y a quienes llama para que confíen en él. Lo que Dios el Padre propuso, Dios el Hijo y el Espíritu Santo estuvieron de acuerdo y sin duda alguna lo llevaron a cabo.
NOTA: Randall E. Otto adopta una recomendación similar: «Incluir un articulo tan misterioso en el Credo, el cual se supone es un resumen de los principios básicos y vitales de la fe, parece muy poco sabio» (Descendit in Inferna: A Reformed Review of a Doctrinal Conundrum», WTJ 52 [1990J, p. 150).
1. PASAJES DE LAS ESCRITURAS QUE SE USAN PARA APOYAR LA POSICIÓN REFORMADA.
Varios pasajes de las Escrituras hablan del hecho de que Cristo murió por los suyos.
«El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10: 11). «Doy mi vida por las ovejas» (Jun. 10: 15).
Pablo habla de la «iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre» (Hch 20: 28).
También dice: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de damos generosamente, junto con él, todas las cosas?» (Ro 8: 32). Este pasaje indica una relación entre el propósito de Dios de entregar a su Hijo «por todos nosotros» y damos «todas las cosas» que también pertenecen a la salvación.
En la frase siguiente Pablo limita claramente la aplicación de esto a los que serán salvos porque él dice: «¿Quién acusará a los que Dios ha escogido?» (Ro 8:33) y en el versículo siguiente menciona la muerte de Cristo como una razón por la que nadie acusará a los escogidos (8: 34). En otro pasaje, Pablo dice: «Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella» (Ef 5: 25).
Además, Cristo durante su ministerio terrenal estuvo consciente del grupo de personas que el Padre le había dado: «Todos los que el Padre me da vendrán a mí; y al que a mí viene, no 10 rechazo y ésta es la voluntad del que me envió: que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el día final» (Jn 6: 37-39).
También dice: «Ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos» (Jn 17: 9). Luego sigue hablando partiendo de esta referencia específica a sus discípulos, y dice: «No ruego sólo por éstos. Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos» (Jn 17:20).
Por último, algunos pasajes hablan de la transacción definida entre el Padre y el Hijo cuando Cristo murió, una transacción que tiene referencia específica a los que creerían. Por ejemplo, Pablo dice: «Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro 5: 8). Luego añade: «Porque si, cuando éramos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con él mediante la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, habiendo sido reconciliados, seremos salvados por su vida!» (Ro 5: 10).
Esta reconciliación con Dios ocurrió con respecto a las personas específicas que serían salvadas, y sucedió «cuando todavía éramos pecadores». Asimismo, Pablo dice: «Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios» (2ª Co 5: 21; Gá 1: 4; Ef. 1: 7). Y «Cristo nos rescató de la maldición de la ley al hacerse maldición por nosotros» (Gá 3:13).
Encontramos aún más apoyo para el punto de vista reformado en la consideración de que todas las bendiciones de la salvación, incluyendo la fe, el arrepentimiento y todas las obras del Espíritu Santo al aplicar la redención, fueron también aseguradas específicamente para su pueblo por la obra redentora de Cristo. Aquellos para quienes él ganó el perdón, también obtuvo para ellos estos otros beneficios (Ef. 1: 3-4; 2: 8; Fil 1: 29).
A lo que yo llamo la «perspectiva reformada» en esta sección se conoce en general Como «expiación limitada»." Sin embargo, la mayoría de los teólogos que sostienen esta posición hoy no prefieren la expresión «expiación limitada» porque se expone a que fácilmente se malentienda, como si esta perspectiva sostuviera que de alguna manera la obra expiatoria de Cristo fuera deficiente en algún sentido.
El término que generalmente se prefiere es redención particular, puesto que este punto de vista sostiene que Cristo murió por personas en particular (específicamente, aquellos que serían salvos y a quienes él vino a redimir), que él preconoció a cada una de ellas individualmente (Ef. 1: 3-5) y las tenía individualmente en mente en su obra expiatoria.
La opinión opuesta, que la muerte de Cristo pagó por los pecados de todas las personas que han vivido, se conoce como «redención general» o «expiación ilimitada».
2. PASAJES DE LAS ESCRITURAS QUE SUELEN APOYAR EL PUNTO DE VISTA NO REFORMADO (REDENCIÓN GENERAL O EXPIACIÓN ILIMITADA).
Un cierto número de pasajes de las Escrituras indican que en cierto sentido Cristo murió por todo el mundo. Juan el Bautista dijo: «¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» Gen 1: 29). Y Juan 3: 16 nos dice: «Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna». Jesús dijo: «Este pan es mi carne, que daré para que el mundo viva» Gn 6: 51). Pablo dice que «en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo» (2ª Co 5: 19).
Leemos que Cristo es «el sacrificio [lit. «Propiciación» por el perdón de nuestros pecados, y no solo por los nuestros sino por los de todo el mundo» (1ª Jn 2: 2). Pablo escribe que «dio su vida como rescate por todos» (1ª Ti 2: 6). Y el autor de Hebreos dice que Jesús fue hecho por un tiempo menor que los ángeles para que «por la gracia de Dios, la muerte que sufrió resultara en beneficio de todos» (He 2: 9).
Otros pasajes parecen decir que Cristo murió por los que no se salvarían. Pablo dice: «No destruyas, por causa de la comida, al hermano por quien Cristo murió» (Ro 14: 15). En un contexto similar les dice a los corintios que no coman en público en los templos de los ídolos porque eso podría animar a los que son débiles en su fe a violar sus conciencias y comer carne ofrecida a los ídolos. Luego dice: «Entonces ese hermano débil, por quien Cristo murió, se perderá a causa de tu conocimiento» (1ª Co 8: 11).
Pedro escribe lo siguiente acerca de los falsos maestros: «En el pueblo judío hubo falsos profetas, y también entre ustedes habrá falsos maestros que encubiertamente introducirán herejías destructivas, al extremo de negar al mismo Señor que los rescató. Esto les traerá una pronta destrucción» (2ª P 2: 1; He 10: 29).
NOTA: No conozco a ningún arminiano que sostenga lo que he llamado «la posición reformada», el punto de vista que es que es conocido comúnmente como la «redención particular» o la «expiación limitada». Pero no parece lógicamente imposible que alguien sostenga una posición arminiana (que Dios conocía de antemano quiénes creerían y los predestinó en base de este conocimiento anticipado) junto con la creencia de que la muerte de Cristo en realidad pagó por el castigo de los pecados de aquellos que Él sabía que creerían y no por los otros.
Eso es como decir que, mientras la «expiación limitada» es necesariamente parte de una posición reformada debido a que se infiere lógicamente de la soberanía general de Dios en toda la obra de la redención, uno podría (en teoría al menos) aferrarse a la «expiación limitada» y no adoptar la posición reformada en otros puntos relacionados con la soberanía de Dios en la vida en generala en la salvación en particular.
Esta es la «L» en las siglas «TUUP», la cual representa los llamados «cinco puntos del calvinismo», las cinco posiciones doctrinales que distinguen a los teólogos calvinistas o reformados de otros muchos protestantes. Los cinco puntos representados por esa palabra: Depravación total. Elección incondicional, expiación limitada, gracia irresistible y perseverancia de los santos.
(Este libro defiende estos cinco puntos doctrinales, pero intenta en cada caso señalar los argumentos a favor de una posición opuesta y proveer de una bibliografía apropiada que representa ambos puntos de vista; para los puntos individuales vea los siguientes capítulos: Los cristianos reformados argumentan que es la otra posición la que realmente limita el poder de la expiación porque en ese punto de vista la expiación no garantiza en realidad la salvación del pueblo de Dios, sino que solo hace que la salvación sea posible para todas las personas.
En otras palabras, si la expiación no está limitada con respecto al número de personas a las que se aplica, entonces debe estar limitado con respecto a lo que en realidad lleva a cabo.
3. ALGUNOS PUNTOS DE ACUERDO Y ALGUNAS CONCLUSIONES ACERCA DE LOS TEXTOS EN DISPUTA.
Nos será de ayuda el mencionar primero los puntos en los que ambas partes coinciden:
1. No todos serán salvos.
2. Se puede hacer una oferta gratuita del evangelio a toda persona que ha nacido.
Es absolutamente cierto «que todo el que) quiera pueda acudir a Cristo para salvación y el que vaya a él no será rechazado. Esta oferta gratuita del evangelio se extiende en buena fe a todas las personas.
3. Todos están de acuerdo en que la muerte de Cristo en sí misma, debido a que él es el Hijo infinito de Dios, tiene mérito infinito y es suficiente para pagar el castigo de los pecados de muchos o pocos según el Padre y el Hijo decreten.
La cuestión no es acerca de los méritos intrínsecos de los sufrimientos y muerte de Cristo, sino acerca del número de personas para quienes el Padre y el Hijo pensaron que la muerte de Cristo es pago suficiente cuando Cristo murió.
Más allá de estos puntos de acuerdo, sin embargo, permanece una diferencia en cuanto a la siguiente pregunta: (Cuando Cristo murió, ¿pagó el castigo solo por los pecados de los que creerían en él, o por los pecados de cada persona que ha vivido?)
Sobre esta cuestión parece que los que sostienen la redención particular tienen de su parte argumentos más fuertes. Primero, un punto importante que no es generalmente respondido por los que defienden el punto de la vista de la redención general es que las personas que son eternamente condenadas al infierno sufren el castigo de todos sus pecados y, por tanto, su castigo no podía haberlo sufrido Cristo totalmente.
Los que sostienen la perspectiva de la redención general a veces responden que las personas sufren en el infierno debido a su pecado de rechazar a Cristo, aun cuando todos sus otros pecados fueron ya pagados. Pero esa es una posición no muy satisfactoria, porque:
(1) Algunos nunca han rechazado a Cristo porque nunca oyeron de él, y:
(2) El énfasis de las Escrituras cuando hablan del castigo eterno no es el hecho de que las personas sufren porque han rechazado a Cristo, sino que sufren por los pecados que cometieron en esta vida (vea Ro 5: 6-8, 13-16).
Este punto significativo parece inclinar el argumento decididamente a favor de la posición de la redención particular.
Otro punto significativo a favor de la redención particular es el hecho que Cristo ganó completamente nuestra salvación pagando el castigo por todos nuestros pecados. No nos redimió potencialmente, sino que nos redimió realmente como individuos a los que él amaba. Un tercer punto importante a favor de la redención particular es que hay unidad eterna en los consejos y planes de Dios y en la obra del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo para llevar a cabo sus planes (vea Ro 8:28-30).
En cuanto a los pasajes de las Escrituras que se usan para apoyar la redención general, podemos decir lo siguiente: Varios pasajes que hablan acerca de «el mundo» simplemente significan que los pecadores serán salvados, sin implicar que cada individuo en particular en el mundo será salvo. De forma que el hecho de que Cristo sea el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1: 29) no quiere decir (en la interpretación de nadie) que Cristo quita los pecados de cada una de las personas en el mundo, porque ambas partes están de acuerdo en que no todos serán salvos.
Del mismo modo, el hecho de que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo (2ª Co 5: 19) no quiere decir que cada una de las personas en el mundo quedara reconciliada con Dios, sino que los pecadores en general fueron reconciliados con Dios. Otra forma de poner estos pasajes sería decir que Jesús era el Cordero de Dios que quita el pecado de los pecadores, o que Dios estaba en Cristo reconciliando a los pecadores consigo mismo.
Esto no significa que todos los pecadores serán salvos o reconciliados, sino simplemente que estos grupos en general, pero no necesariamente cada uno de los individuos en ellos, eran objetos de la obra redentora de Dios. Significa esencialmente que «Dios amó tanto a los pecadores que dio a su Hijo unigénito»sin implicar que cada pecador en todo el mundo será salvo.
Los pasajes que hablan de que Cristo murió «pon> todo el mundo se entienden mejor al referirlos a la oferta gratuita del evangelio que se extiende a todas las personas.
Cuando Jesús dice: «Este pan es mi carne, que daré para que el mundo viva» (Jn 6: 51), lo encontramos en el contexto de estar él hablando acerca de sí mismo como el pan que descendió del cielo, el cual se ofrece a todas las personas que puedan estar dispuestas a recibirlos. Antes en esta misma conversación Jesús dijo que «el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo» (jn 6:33).
Esto lo podemos entender en el sentido de traer vida redentora al mundo, pero sin querer decir que cada persona en el mundo tendrá vida redimida. Jesús entonces habla de sí mismo como invitando a otros a que acudan a él y coman del pan de vida: «El que a mí viene nunca pasará hambre, y el que en mí cree nunca más volverá a tener sed. Pero éste es el pan que baja del cielo; el que come de él, no muere.
Yo soy el pan vivo que bajó del cielo. Si alguno come este pan, vivirá para siempre. Este pan es mi carne, que daré para que el mundo viva» (jn 6: 35, 50-51), Jesús da su carne para traer vida al mundo y para ofrecer vida al mundo, pero decir que Jesús vino para ofrecer vida eterna al mundo (un punto en el que ambas partes están de acuerdo) no es decir que él pagó el castigo de los pecados de todas las personas que alguna vez hayan vivido o vivirán, porque ese es otro asunto.
Cuando Juan dice que Cristo «es el sacrificio [lit. la «propiciación» o «expiación»] por el perdón de nuestros pecados, y no solo por los nuestros sino por los de todo el mundo» (1ª Jn 2: 2), puede estar solo diciendo que Cristo es el sacrificio expiatorio que el evangelio pone ahora a disposición por los pecados de todos en el mundo. La preposición (pan) (gr. peri y el genitivo) es ambiguo con respecto al sentido específico en el cual Cristo es la propiciación «por» los pecados del mundo.
Peri simplemente significa «en cuanto» o «con respecto», pero no es suficientemente específico para definir con exactitud en qué forma Cristo es el sacrificio con respecto a los pecados del mundo. Sería completamente coherente con el lenguaje del versículo pensar que Juan está solo diciendo que Cristo es el sacrificio expiatorio que está disponible para pagar por los pecados de cualquiera en el mundo.
Del mismo modo, cuando Pablo dice que Cristo «dio su vida como rescate por todos» (1ª Ti 2: 6), tenemos que entenderlo como que se refiere a un rescate disponible para todas las personas, sin excepción.
Cuando el autor de Hebreos dice que Cristo fue hecho por un tiempo menor que los ángeles para que «por la gracia de Dios, la muerte que él sufrió resulte en beneficio de todos» (He 2: 9), se refiere más bien a cada uno de los que son de Cristo, a todo aquel que es redimido. No dice para «todos en todo el mundo» ni nada parecido, y en el contexto inmediato el autor está hablando sin duda de los que son redimidos (vea «a fin de llevar a muchos hijos a la gloria» [v. 10]; «los que son santificados» [v. 11]; «con los hijos que Dios me ha dado» [v. 13].
 La palabra griega pas, traducida aquí «todos», se usa también en un sentido similar para hablar de «todo el pueblo de Dios» en hebreos 8: 11, «porque todos me conocerán», y en Hebreos 12:8, «Si a ustedes se les deja sin la disciplina que todos reciben, entonces son bastardos, y no hijos legítimos».
En ambos casos el «todos» no está explícitamente restringido por una frase específica como «todo el pueblo de Dios», pero ese es claramente el sentido en el contexto general. Por supuesto, en otros contextos la misma palabra «todos» puede significar «todas las personas sin excepción», pero esto hay que determinarlo en razón del contexto individual en cada caso.
Cuando Pablo habla en Romanos 14: 15 y 1ª Corintios 8: 11 acerca de la posibilidad de destruir a alguien por el cual Cristo murió, parece que es mejor también aquí tomar la palabra «por» en el sentido de que Cristo murió para «hacer que la salvación estuviera disponible para» estas personas o «llevar la oferta gratuita del evangelio a estas personas» que están asociadas con el compañerismo de la iglesia.
No parece tener en mente la cuestión específica de la decisión en el seno de la Trinidad en cuanto a los pecados de aquellos que el Padre consideró pagados por la muerte de Cristo. Más bien, él está hablando de aquellos a los que les ha sido ofrecido el evangelio. En otro pasaje, cuando Pablo habla del «hermano débil, por quien Cristo murió» en 1ª Corintios 8: 11, no necesariamente se está refiriendo a la condición espiritual interna del corazón de una persona, sino que probablemente está hablando de lo que a menudo se conoce como el «juicio del amor» mediante el cual correctamente podemos referimos a las personas que participan en la comunión de la iglesia como hermanos y hermanas:
NOTA: Comparar un sentido similar para la frase «por los pecados» (gr. peri harmartion) en Hebreos 10: 26 donde el autor dice que si alguien continúa pecando deliberadamente después de recibir el conocimiento de la verdad, «ya no hay sacrificio por los pecados». Esto no quiere decir que ya no existe el sacrificio de Cristo, sino que ya no está disponible para aquella persona que intencionalmente lo menospreció y se puso a sí mismo más allá de la esfera de la posibilidad de arrepentimiento.
Aquí «ya no hay sacrificio por los pecados» significa «un sacrificio disponible para presentarlo como pago por los pecados». En la misma forma que 1ª Juan 2: 2 puede significar: «es el sacrificio disponible para el perdón de nuestros pecados, y no solo por los nuestros sino por los de todo el mundo [esp. Con referencia a los gentiles como también a los Judíos».
Cuando Pablo dice que «es el Salvador de todos, especialmente de los que creen» (1ª Ti. 4:10), se está refiriendo a Dios el Padre, no a Cristo, y probablemente usa la palabra «Salvador» en el sentido de «uno que preserva la vida de las personas y las rescata del peligro», más bien que en el sentido de «uno que perdona sus pecados», porque Pablo sin duda no está diciendo que cada persona individual será salvada. Sin embargo, otro posible significado es que Dios «es el Salvador de toda clase de personas, es decir, de los que creen» (para una defensa de esta posición vea George W. Knight IlI, The Pastoral Epistles, pp. 203-4).
Cuando Pedro habla de los falsos maestros que introducen herejías destructivas, «al extremo de negar al mismo Señor que los rescató» (2ª P 2: 1), no está claro si la palabra «Señor" (gr. despotes) se refiere a Cristo (como en Judas 4) o a Dios el Padre (como en Lc 2: 29; Hch 4: 24; Ap 6: 1O). En cualquier caso, la alusión del Antiguo Testamento es probablemente a Deuteronomio 32: 6, donde Moisés dice a los rebeldes israelitas que se alejaban de Dios: «¿No es él tu Padre que te ha comprado'?» (Traducción del autor).
Pedro está sacando una analogía entre los falsos profetas del pasado que surgieron entre los judíos y los falsos maestros dentro de la iglesia sobre los cuales escribe: «En el pueblo judío hubo falsos profetas, y también entre ustedes habrá falsos maestros que encubiertamente introducirán herejías destructivas, al extremo de negar al mismo Señor que los rescató.
Esto les traerá una pronta destrucción» (2ª P 2: 1). En línea con esta clara referencia a los falsos profetas del Antiguo Testamento, Pedro también alude a los judíos rebeldes que se alejaron de Dios quien los «compró» de Egipto en el éxodo. Desde el tiempo del éxodo en adelante, cualquier persona judía se hubiera considerado «comprada» por Dios en el éxodo y, por tanto, esa persona era posesión de Dios.
En este sentido, los falsos maestros que surgían entre el pueblo de Dios estaban negando a Dios el Padre, a quien ellos por derecho pertenecían. De modo que el texto no significa que Cristo había redimido a aquellos falsos profetas, sino que eran Judíos rebeldes (o personas que asistían a la iglesia con la misma actitud de los judíos rebeldes) que eran por derecho propiedad de Dios porque habían sido sacados de la tierra de Egipto (o sus antepasados los habían sido), pero que eran desagradecidos con él. La obra específica de redención de Cristo en la cruz no aparece en este versículo: 2.
Con relación a los versículos que hablan de la muerte de Cristo por sus ovejas, su iglesia o su pueblo, los cristianos que no son reformados puede responder que esos pasajes no niegan que él murió para pagar el castigo de otros también. En respuesta les diremos que si bien es cierto que no niegan explícitamente que Cristo murió por otros también, su frecuente referencia a su muerte por los suyos al menos sugeriría fuertemente que esta es una inferencia correcta.
Aun si no dan a entender absolutamente esa particularización de la redención, estos versículos al menos parecen interpretarse de una forma más natural de esta manera.
En conclusión, me parece que la posición reformada de una «redención particular» es más coherente con la enseñanza general de las Escrituras. Pero como hemos dicho eso, debemos plantear algunas cautelas necesarias.
NOTA: 0tra posible interpretación de estos dos pasajes es que «perderse» significa ruina del ministerio o de! Crecimiento cristiano de alguien que, no obstante, permanece un creyente, pero cuyos principios quedarán comprometidos.
Ese sentido encajaría ciertamente en el contexto de ambos casos, pero un argumento en contra es que la palabra griega apol1ymi «perderse», que se usa en ambos casos, parece una palabra fuerte que sería apropiada si esa fuera la intención de Pablo. Esa misma palabra la encontramos a menudo para destrucción eterna (vea Jn. 3: 16; Ro. 2: 12; 1ª Co. 1: 18; 15:18; 2ª Co. 2: 15; 4: 3; 2ª P. 3:9).
Sin embargo, e! contexto de 1ª Co. 8: 11 puede indicar un sentido diferente que en estos otros pasajes, porque este versículo no habla acerca de que Dios «destruya» a alguien, sino de otro ser humano que está haciendo algo que hace que otro se «pierda», lo que sugiere que aquí este término tiene un sentido más débil.
Aunque la Septuaginta no emplea e! término agorazo que Pedro usa, sino e! de kataomai, las palabras son sinónimas en muchos casos, y en ambos casos significan «comprar, adquirir»; el término hebreo en Dt. 32:6 es qanah, que con frecuencia significa «comprar, adquirir» en e! Antiguo Testamento.
Este es el punto de vista de John Gill, The Cause ofGod and Truth (Baker, Grand Rapids, 1980; repr. De 1885 ed.; publicado primero en 1735), p. 61. Gill estudia otras posibles interpretaciones de! pasaje, pero esta parece ser más persuasiva. Debiéramos damos cuenta que en ambas epístolas, Pedro con mucha frecuenta describe a las iglesias a las que escribe en términos de las ricas imágenes de! pueblo de Dios ene I Antiguo Testamento. Vea The First Epistle of Peter, por W. Grudem, p. 113.
La palabra griega despotes, «Señor» se usa en otras partes de Dios en e! contexto que enfatizan su pape! Como Creador y Gobernante del mundo (Hch. 4: 24; Ap. 6: 10).
4. PUNTOS DE CLARIFICACIÓN Y CAUTELA EN CUANTO A ESTA DOCTRINA.
Es importante plantear algunos puntos de clarificación y también algunas cuestiones en las que podemos objetar con toda razón la manera en que algunos defensores de la redención panicular han expresado sus argumentos. Es también importante preguntar cuáles son las implicaciones pastorales de esta enseñanza.
1. PARECE QUE ES UN ERROR PLANTEAR LA PREGUNTA COMO BERKHOF LO HACE Y ENFOCARSE EN EL PROPÓSITO DEL PADRE Y DEL HIJO, MÁS QUE EN LO QUE EN REALIDAD SUCEDIÓ EN LA EXPIACIÓN.
Si restringimos el estudio al propósito de la expiación, esta es solo otra forma de una amplia controversia entre calvinistas y arminianos sobre si el propósito de Dios es:
(A) Salvar a todas las personas, un propósito que queda frustrado por la tendencia del hombre a la rebelión -posición arminiana- o si el propósito de Dios es:
(B) Salvar a los que él ha escogido, que es la posición calvinista. Esta cuestión no será decidida en el punto estrecho de la cuestión de la extensión de la expiación, porque los textos bíblicos específicos sobre ese punto son pocos y difícilmente se puede decir que sean conclusivos para ninguna de las panes.
Las decisiones de uno sobre estos pasajes tenderán a estar determinadas por la perspectiva que uno tenga de la cuestión más amplia de qué es lo que las Escrituras enseñan como un todo acerca de la naturaleza de la expiación y acerca de los asuntos más amplios de la providencia divina, de la soberanía de Dios y la doctrina de la elección. Sean cuales sean las decisiones que tomemos sobre esos temas amplios se aplicarán específicamente a este punto, y las personas llegarán a sus conclusiones como corresponda.
Por tanto, más bien que enfocarse en el propósito de la expiación, hay que plantear la pregunta correctamente sobre la expiación en sí: ¿Pagó Cristo por los pecados de todos los incrédulos que serán eternamente condenados y pagó por sus pecados total y completamente en la cruz? Parece que tenemos que responder no a esa pregunta.
2. LAS DECLARACIONES «CRISTO MURIÓ SOLO POR LOS SUYOS» Y «CRISTO MURIÓ POR TODAS LAS PERSONAS»
Son ambas correctas en algunos sentidos, y con mucha frecuencia los argumentos sobre este asunto han sido confusos a causa de los varios sentidos que se le pueden dar a la palabra «por» en estas dos declaraciones.
La declaración «Cristo murió solo por los suyos» se puede entender como que quiere decir que «Cristo murió para pagar solo el castigo de los pecados de los suyos». En ese sentido es cierto. Pero cuando los cristianos no reformados escuchan la declaración «Cristo murió solo por los suyos», lo que con frecuencia entienden es que «Cristo murió a fin de poder hacer el evangelio disponible solo para unos pocos escogidos» y se sienten turbados sobre lo que ellos ven como una verdadera amenaza a la oferta gratuita del evangelio a todas las personas.
NOTA: Berkhof dice: «La cuestión tiene que ver con la intención de la expiación. La decisión del Padre de enviar a Cristo, y la venida de Cristo al mundo. Para hacer la expiación por el pecado, ¿lo hizo con la intención y propósito de salvar solo a los elegidos o a todos los hombres? Esa es la cuestión, y esa sola es la cuestión» (Systematic Theology. p. 394).
Los cristianos reformados que sostienen la redención particular debieran reconocer la posibilidad del mal entendimiento que surge con la declaración «Cristo murió solo por los suyos» y, por amor a la verdad y por interés pastoral en afirmar la oferta gratuita del evangelio y evitar los malos entendidos en el cuerpo de Cristo, debieran ser más precisos en decir exactamente lo que quieren decir.
La declaración «Cristo murió solo por los suyos», si bien es cierta en el sentido explicado arriba, raramente se entiende de esa forma cuando las personas que no conocen bien la doctrina reformada la oyen y, por tanto, es mucho mejor no usar para nada esa declaración ambigua.
Por otro lado, la declaración «Cristo murió por todas las personas» es correcta si significa que «Cristo murió para hacer que la salvación estuviera disponible para todos» o si significa, «Cristo murió para llevar la oferta gratuita del evangelio a todas las personas». En realidad, esta es la clase de lenguaje que las Escrituras usan en pasajes como Juan 6: 51; 1ª Timoteo 2: 6 y 1ª Juan 2: 2. Parece que solo son pequeñeces lo que crea controversias y disputas inútiles cuando los cristianos reformados insisten en ser tan puristas en su hablar que objetan cada vez que alguien dice que «Cristo murió por todos».
Hay sin duda formas aceptables de entender esa declaración que son coherentes con la forma de hablar de los mismos autores de las Escrituras.
Asimismo, no pienso que debiéramos correr a criticar al evangelista que dice a sus oyentes incrédulos: «Cristo murió por sus pecados», si queda claro en el contexto que es necesario confiar en Cristo antes de recibir los beneficios que el evangelio ofrece. En ese sentido la declaración sencillamente se entiende que quiere decir: «Cristo murió para ofrecerles perdón por sus pecados» o «Cristo murió para hacer que estuviera disponible para ustedes el perdón de sus pecados». Lo importante aquí es que los pecadores se den cuenta que la salvación está disponible para todos y que el pago por los pecados está disponible para todos.
En cuanto a esto algunos teólogos reformados objetarán y nos advertirán que si decimos a los incrédulos que «Cristo murió por sus pecados», los incrédulos sacarán la conclusión: «Por tanto, soy salvo no importa lo que yo haga». Pero esto en realidad no parece ser un problema, porque siempre que un evangélico (reformado o no reformado) habla del evangelio a los incrédulos, deja bien en claro que la muerte de Cristo no tiene beneficios para la persona a menos que esa persona crea en Cristo.
Por tanto, el problema parece ser más bien algo que los cristianos reformados piensan que los incrédulos debieran creer (si fueran coherentes en razonar en cuanto al consejo secreto de Dios y las relaciones entre el Padre y el Hijo en los consejos de la Trinidad en cuanto al sacrificio propiciatorio de Cristo en la cruz).
Pero los incrédulos no razonan de esa manera. Saben que deben ejercer fe en Cristo antes de experimentar los beneficios de su obra salvadora. Además, es mucho más probable que las personas entiendan la declaración «Cristo murió por sus pecados» en el sentido doctrinal correcto de que «Cristo murió a fin de ofrecerle a usted el perdón por sus pecados», más bien que en el sentido doctrinal incorrecto de «Cristo murió y ya pagó completamente el castigo por todos sus pecados»:
NOTA: Berkhof dice que 1ª Ti. 2: 6 se refiere a la «voluntad revelada de Dios de que tanto los judíos como los gentiles serán salvados» (Ibid., p. 396).
3. EN TÉRMINOS DE LOS EFECTOS PASTORALES PRÁCTICOS DE NUESTRAS PALABRAS, LOS QUE SOSTIENEN LA REDENCIÓN PARTICULAR Y LOS QUE DEFIENDEN LA REDENCIÓN GENERAL ESTÁN DE ACUERDO EN VARIOS PUNTOS CLAVE:
A. Ambos quieren sinceramente evitar dar la impresión de que las personas se salvarán ya sea que crean en Cristo o no. Los cristianos no reformados a veces acusan a los reformados de decir que los elegidos serán salvos respondan o no al evangelio, pero esto es claramente una impresión equivocada de la posición reformada.
Por otro lado, los creyentes reformados piensan que los que sostienen la redención general están en peligro de implicar que todos serán salvos ya sea que crean en Cristo o no. Pero esa no es en realidad la posición que sostienen los creyentes no reformados, y es siempre peligroso criticar a las personas por una posición que ellos no dicen que defienden, solo porque usted diga que ellos debieran defender esa posición si fueran coherentes con sus otros puntos de vista.
B. Ambas partes quiere evitar implicar que puede haber algunas personas que vayan a Cristo buscando salvación pero que sean rechazadas porque él no murió por ellas. Nadie quiere decir ni implicar a un incrédulo: «Cristo puede haber muerto por sus pecados (y quizá no)). Ambas partes quieren afirmar claramente que todos los que acuden a Cristo en busca de salvación serán salvos. «Al que a mí viene, no le rechazo» Gn 6: 37).
C. Ambas partes quieren evitar implicar que Dios es hipócrita o insincero cuando hace la oferta gratuita del evangelio. Es una oferta genuina, y es siempre cierto que todos los que desean acudir a Cristo buscando salvación y los que de hecho acuden a él serán salvos.
D. Por último, podemos preguntar por qué le damos tanta importancia a este asunto. Aunque los cristianos reformados han hecho algunas veces la creencia en la redención particular la prueba de la ortodoxia doctrinal, sería saludable damos cuenta que las Escrituras mismas nunca la señalan como una doctrina de importancia mayor, ni tampoco hacen de ella el sujeto de una discusión teológica explícita.
Nuestro conocimiento del asunto viene solo de referencias incidentales a ella en pasajes que abordan otros asuntos doctrinales o prácticos. De hecho, esta es en realidad una cuestión que sondea dentro del consejo íntimo de la Trinidad y lo hace en cuestiones sobre las que tenemos poco testimonio bíblico directo, lo cual debería llevamos a ser cautelosos.
Una perspectiva pastoral equilibrada parece que sería decir que esta enseñanza de la redención particular nos parece que es verdad, que da una coherencia lógica a nuestro sistema teológico, y que puede ser de ayuda al asegurarles a las personas el amor de Cristo hacia ellos individualmente y de la obra de redención completamente acabada para ellos. Pero eso es también un tema que nos lleva inevitablemente a alguna confusión, a algunos malos entendidos, y con frecuencia a una actitud equivocada, argumentativa y divisiva entre el pueblo de Dios, todo lo cual tiene repercusiones pastorales negativas.
Quizá es por eso por lo que apóstoles como Pedro, Juan y Pablo, en su sabiduría, no hicieron para nada hincapiés en esta cuestión. Y quizá nosotros haríamos muy bien en meditar en su ejemplo.
NOTA: No estoy aquí argumentando que debiéramos ser descuidados en nuestro lenguaje; lo que estoy diciendo es que no debiéramos apresurarnos a criticar cuando otros cristianos sin mucha reflexión usan un lenguaje ambiguo sin la intención de contradecir ninguna enseñanza de las Escrituras.
PREGUNTAS DE APLICACIÓN PERSONAL
1. ¿En qué formas le ha ayudado este capítulo a apreciar más la muerte de Cristo de lo que antes la había apreciado? ¿Le ha dado más o menos confianza en el hecho de que sus pecados han sido de verdad pagados por Cristo?
2. Si la causa suprema de la expiación la encontramos en el amor y la justicia de Dios, ¿había algo en usted que requería que Dios le amara y diera pasos para salvarle (cuando él le miró y pensó en usted como un pecador en rebelión contra él)? ¿La respuesta a esta pregunta le ayuda a apreciar el carácter del amor de Dios hacia usted como una persona que no merece para nada ese amor? ¿Cómo darse cuenta de esta realidad le hace sentirse en sus relaciones con Dios?
3. ¿Cree usted que los sufrimientos de Cristo fueron suficientes para pagar por sus pecados? ¿Cree usted que él es un Salvador suficiente, digno de confianza? Cuando él le invita diciendo: «Vengan a mí... y yo les daré descanso» (Mt 11: 28), ¿confía usted en él? ¿Confiará ahora y siempre en él con todo su corazón para una salvación completa?
4. Si Cristo cargó con toda la culpa de nuestros pecados, con toda la ira de Dios en contra del pecado, y todo el castigo de la muerte que merecíamos, ¿volverá Dios alguna vez a descargar su ira en contra suya como creyente (vea Ro 8: 31-39)? ¿Puede alguna de las dificultades o sufrimientos que experimenta en la vida deberse a la ira de Dios en contra suya. Si no, ¿por qué los cristianos experimentan dificultades y sufrimientos en esta vida (vea Ro 8: 28; He 12: 3-11)?
5. ¿Cree usted que la vida de Cristo era suficientemente buena para merecer la aprobación de Dios? ¿Está usted dispuesto a confiar en él para su destino eterno? ¿Es Cristo Jesús un Salvador suficientemente confiable y seguro para que usted confíe en él? ¿En quién confiaría más para establecer su posición delante de Dios: en usted mismo o en Cristo?
6. Si Cristo de verdad le ha redimido de la esclavitud del pecado y del reino de Satanás, ¿hay facetas de su vida en las que usted podría hacer que esto fuera mucho más cierto? ¿Podría este convencimiento darle a usted más ánimo en su vida cristiana?
7. ¿Piensa usted que es justo que Cristo sea su sustituto y pague por su castigo? Cuando usted piensa que él es su sustituto y murió por usted, ¿qué emociones y actitudes despierta eso en su corazón?
TÉRMINOS ESPECIALES
Adjudicación, expiación, expiación ilimitada, expiación limitada, expiación vicaria, imputado, necesidad absoluta consecuente, obediencia activa, obediencia pasiva, propiciación, reconciliación, redención. Redención general, redención particular, sacrificio, sangre de Cristo, sustitución penal, teoría de la influencia moral, teoría del ejemplo, teoría del rescate a Satanás, teoría gubernamental
PASAJE BÍBLICO PARA MEMORIZAR

Romanos 3:23-26: Pues Todos Han Pecado Y Están Privados De La Gloria De Dios, Pero Por Su Gracia Son Justificados Gratuitamente Mediante La Redención Que Cristo Jesús Efectuó. Dios Lo Ofreció Como Un Sacrificio De Expiación Que Se Recibe Por La Fe En Su Sangre, Para Así Demostrar Su Justicia. Anteriormente, En Su Paciencia, Dios Había Pasado Por Alto Los Pecados; Pero En El Tiempo Presente Ha Ofrecido A Jesucristo Para Manifestar Su Justicia. De Este Modo Dios Es Justo Y, A La Vez, El Que Justifica A Los Que Tienen Fe En Jesús.